Mi hijo me llamó con una frialdad que me heló la sangre: “Mamá, mi esposa y yo nos vamos del país. Ya está todo listo. Vendí tu departamento. Adiós.” Me quedé en silencio. No por shock… sino porque olvidó un detalle legal que lo cambia todo. Cuando se lo dije, el otro lado se quedó mudo. Luego preguntó, confundido:

Diego se quedó inmóvil al verla.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú —contestó Carmen—: evitar que sigas empeorándolo.
Fernanda avanzó un paso.
—Carmen, por favor, no hagas un escándalo. Todo esto se puede hablar.
—Lo hablaron sin mí durante meses. Ahora escuchan ustedes.
Entraron. En la sala de espera había una pareja de unos cuarenta años, bien vestidos, con esa ilusión prudente de quien está a punto de comprar vivienda en la Ciudad de México y teme hasta el último minuto que algo falle. El hombre se levantó con una sonrisa automática.
—¿Señor Gómez?
Diego abrió la boca, pero en ese momento llegó Beatriz y entregó su tarjeta a la oficial de la notaría.
—Buenos días. Venimos a advertir formalmente de que el inmueble objeto de la operación pertenece en nuda propiedad a una menor de edad desde mayo del año pasado y que cualquier transmisión hecha por persona distinta carece de legitimación.
La sonrisa de la pareja compradora desapareció. La oficial palideció. Diego giró hacia su madre con una mezcla de odio y pánico.
Y entonces la oficial, después de revisar unos documentos con manos rígidas, levantó la vista y pronunció la frase que terminó de hundirlo:
—Señor Gómez, además de no poder vender el inmueble… la señal que ha declarado aquí no coincide con la que figura transferida. Vamos a tener que aclarar también eso.