Mi hijo me llamó con una frialdad que me heló la sangre: “Mamá, mi esposa y yo nos vamos del país. Ya está todo listo. Vendí tu departamento. Adiós.” Me quedé en silencio. No por shock… sino porque olvidó un detalle legal que lo cambia todo. Cuando se lo dije, el otro lado se quedó mudo. Luego preguntó, confundido:

Parte 2 :
El silencio duró apenas tres segundos, pero a Carmen le supo a justicia.
—Eso es mentira —soltó Diego, demasiado rápido—. Estás inventando.
—No improviso a mi edad —respondió ella—. La escritura de donación se firmó en mayo del año pasado ante la notaria Patricia Ortega, en la avenida Río Lerma, en la Ciudad de México. Tu hija quedó como nuda propietaria y yo me reservé el usufructo vitalicio y el derecho de habitación. Tú lo sabrías si te hubieras interesado por algo más que por el precio del metro cuadrado.
—No puedes hacer eso sin decírmelo.
—Puedo hacer exactamente eso con lo que es mío.
La voz de Diego cambió. Ya no sonaba vencedor, sino acorralado.
—Escúchame, mamá. El comprador dio una señal. Hay contratos. Fernanda renunció a su renta. Tenemos vuelos para el jueves.