Mi hijo me llamó con una frialdad que me heló la sangre: “Mamá, mi esposa y yo nos vamos del país. Ya está todo listo. Vendí tu departamento. Adiós.” Me quedé en silencio. No por shock… sino porque olvidó un detalle legal que lo cambia todo. Cuando se lo dije, el otro lado se quedó mudo. Luego preguntó, confundido:
—Ese ya no es mi problema.
—¡Claro que lo es! —estalló él—. Todo esto lo hago porque tú nunca piensas en nadie más. Valeria es una niña. ¿Qué va a hacer una niña con un departamento en la Ciudad de México?
Carmen se apoyó en la encimera. Por la ventana entraba una luz blanca de invierno y en la calle empezaban a oírse los primeros ruidos de la colonia despertando. Todo seguía igual afuera. Solo dentro de aquella llamada se estaba desmoronando un edificio entero de mentiras.
—Valeria cumplirá diecisiete en dos meses. Y a diferencia de su padre, entiende el valor de las cosas que no se compran dos veces.
—Me estás arruinando.
—No, Diego. Te estás arruinando tú solo.
Él colgó.
Carmen dejó el celular sobre la mesa y llamó de inmediato a su abogada, Beatriz Navas, una mujer precisa, poco dada al drama y muy dada a los hechos. Beatriz contestó al segundo tono.
—Ha ocurrido —dijo Carmen.
—¿Intentó vender?
—Dice que firma hoy.
—Entonces no salgas de casa. Te llamo en diez minutos.
En realidad tardó siete. Beatriz ya había hablado con la notaría donde, según Diego, se firmaría la compraventa. No dio nombres por teléfono, pero confirmó lo suficiente: había una operación en marcha y se había presentado un poder antiguo. Sin embargo, la nota simple actualizada del Registro Público mostraba claramente la donación a Valeria. Si alguien en la notaría no había revisado bien la titularidad, estaban a punto de encontrarse con un desastre.
—Voy para allá —dijo Carmen.
—Ve conmigo, no sola.
Quedaron de verse frente a la notaría, cerca de la Glorieta de Insurgentes. Carmen llegó diez minutos antes que Beatriz y, mientras esperaba, vio aparecer un taxi del que bajaron Diego y su esposa, Fernanda. Él llevaba una carpeta azul. Ella, gafas oscuras y una expresión tensa, casi hostil. Ninguno parecía haber dormido.