Parte 3 :
La sala cambió de temperatura. Nadie alzó la voz al principio; precisamente por eso resultó más violento.
—¿Qué significa que no coincide? —preguntó el comprador.
La oficial se acomodó las gafas y habló con la frialdad entrenada de quien está acostumbrada a cortar conflictos con hechos.
—En la documentación previa se comunicó una señal de treinta mil euros. En el justificante aportado esta mañana figuran quince mil, procedentes además de una cuenta distinta de la indicada.
Lucía miró a Diego con una brusquedad que no parecía nueva, solo retrasada.
—Dijiste que estaba todo cuadrado.
—Lo estaba —murmuró él.
—No —intervino Carmen—. Nunca lo estuvo.
Beatriz pidió que constara por escrito la incidencia de titularidad y la suspensión de la firma. El comprador, ya sin rastro de cordialidad, exigió explicaciones. Su esposa, que hasta entonces había permanecido callada, fue directa:
—¿Nos ha hecho perder semanas sabiendo que no era el propietario?
Diego intentó recomponerse. Dijo que había habido una confusión registral, que su madre estaba mayor y cambiaba de idea, que la donación a Valeria era “solo una fórmula familiar”. Pronunció esa última frase con un cansancio agrio, como si las normas fueran una molestia personal.
Carmen lo miró largo rato antes de responder.
—No metas a mi edad ni a mi nieta en esto. Sabías que ese departamento llevaba meses fuera de tu alcance. Por eso buscaste el poder antiguo. Por eso no me avisaste. Y por eso pensabas marcharte deprisa.
La palabra deprisa cayó con peso propio. El comprador entendió algo más en ese instante. Sacó el móvil, llamó a alguien y se apartó unos metros. Al volver, su tono era helado.
—Mi abogado presentará reclamación por daños y por retención indebida de la señal si no se devuelve hoy.
Lucía perdió el color.
—Diego… ¿dónde está ese dinero?
Él tardó demasiado en contestar.
—Lo usé.
—¿En qué?
—En pagar deudas. Y los billetes. Y la reserva del piso en Lisboa.
La bofetada no llegó, pero estuvo en la mirada de Lucía. Se quitó las gafas oscuras y, por primera vez, Carmen vio a una mujer no cómplice, sino humillada. No la absolvió por ello; llevaba meses participando en los silencios. Pero comprendió que no todos los planes compartidos sobreviven al primer papel verdadero.