Ana Sofía sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Rodrigo intentó tocarla.
Ella retrocedió.
Y por primera vez en años, dejó de llorar por no poder convertirse en madre.
Porque entendió algo brutal:
No estaba vacía.
Había estado entregando amor… en el lugar equivocado.
Capítulo 4. Lo que el destino devuelve
Tres meses después, Ana Sofía firmó los papeles del divorcio.
Rodrigo perdió mucho más que a su esposa.
La empresa familiar descubrió desvíos de dinero.
Su amante lo abandonó.
Y el supuesto embarazo… nunca existió.
Pero para entonces, Ana Sofía ya no miraba atrás.
Había empezado a cambiar.
Ya no usaba vestidos imposibles para impresionar a nadie.
Ya no esperaba mensajes que nunca llegaban.
Ya no se sentaba en clínicas silenciosas preguntándose qué tenía mal.
Porque entendió que nunca hubo nada malo en ella.
Una tarde lluviosa, manejó sin pensar hasta el pequeño taller donde Gabriel trabajaba.
El letrero decía:
“Taller Mendoza — electricidad y mecánica general”.
Gabriel levantó la vista desde abajo de una camioneta.
Y sonrió sorprendido.
—La BMW todavía viva, ¿eh?
—Apenas —respondió ella.
Valentina, ahora más gordita y despierta, estaba sentada en una sillita improvisada jugando con una llave inglesa de plástico.
Al ver a Ana Sofía, estiró los brazos.
Como si la recordara.
Gabriel la cargó.
—Creo que le caes bien.
Ana Sofía sintió un nudo en la garganta.
—Yo creo que ella me salvó.
Desde ese día comenzó a visitarlos.
Primero llevaba café.
Luego pañales.
Después comida.
Pero con el tiempo dejó de llevar cosas… porque entendió que lo que realmente necesitaban era compañía.
Y ellos también llenaban algo dentro de ella.
Gabriel dejó de verse tan cansado.
Volvió a reír.
Volvió a dormir.
Y Ana Sofía… volvió a sentirse viva.