Porque mientras el tráfico rugía alrededor y la ciudad seguía corriendo sin mirar a nadie, dos desconocidos acababan de compartir el tipo de silencio que sólo existe entre personas rotas.
—¿Cómo se llama? —preguntó Ana Sofía.
El hombre levantó la vista.
—Valentina.
Ella sonrió apenas.
—Hola, Valentina.
Y la bebé, ya más tranquila, cerró los ojos sobre su pecho.
Por primera vez en años… Ana Sofía sintió paz.
Capítulo 3. La verdad que esperaba en casa
El BMW volvió a encender media hora después.
—Ya quedó —dijo él limpiándose las manos con un trapo viejo.
—¿Cuánto le debo?
—Nada.
—Eso no existe.
Él sonrió apenas.
—Entonces considere que me pagó alimentando a mi hija.
Ana Sofía quiso insistir. Pero algo en aquellos ojos cansados le dijo que el orgullo era lo único que ese hombre todavía conservaba intacto.
—¿Cómo se llama usted?
—Gabriel.
—Gracias, Gabriel.
Él acomodó a Valentina en el asiento trasero del Focus y cerró la puerta con una delicadeza que no combinaba con sus manos llenas de grasa.
Antes de irse, dijo:
—Revise el motor en unos días. Esa camioneta tiene más problemas de los que parece.
Ana Sofía no supo si hablaba del BMW… o de su vida.
Esa noche llegó tarde a casa.
La residencia en Lomas estaba iluminada, impecable y fría. Como un hotel caro donde nadie realmente vive.
Escuchó risas.
Risas femeninas.
Se quedó quieta.
Rodrigo estaba en la cocina, sirviendo vino. Frente a él, una mujer joven de cabello largo llevaba puesta la camisa blanca de su esposo.
La misma que Ana Sofía le había regalado en París.
El mundo se detuvo.
Rodrigo palideció al verla.
—Ana… no es lo que parece.
La frase más inútil del universo.
La joven tomó su bolso nerviosa.
—Yo mejor me voy…
—No —dijo Ana Sofía con una calma aterradora—. Tú quédate. Quiero escuchar la versión completa.
Rodrigo se acercó.
—Podemos hablar arriba.
—¿Hace cuánto me engañas?
Silencio.
Y en ese silencio… ella entendió todo.
Las llamadas.
Los viajes.
La distancia.
La negativa a hacerse estudios.
No era miedo.
Era culpa.
Porque él ya sabía.
La amante bajó la mirada.
Y entonces dijo la frase que terminó de destruirlo todo:
—Estoy embarazada.