Una noche, mientras cerraban el taller bajo la lluvia, Gabriel habló sin mirarla.
—Ese día en Periférico… pensé que nadie iba a detenerse por nosotros.
Ella sonrió.
—Yo también pensé que nadie iba a detenerse por mí.
Él la miró entonces.
Y fue una de esas miradas que llegan despacio… pero se quedan para siempre.
Meses después, Valentina dio sus primeros pasos entre herramientas, motores y risas.
Y los dio hacia Ana Sofía.
Sin miedo.
Sin duda.
Como si el corazón reconociera antes que la sangre quién pertenece a una familia.
Fin.