—Lo encontré cuando nadie más lo quería. Lo alimenté. Lo cuidé. Dormía conmigo cuando tenía frío. Cuando me enfermé, él no se movió de mi lado durante tres días.
El doctor guardó silencio.
—No es un animal salvaje para mí —continuó José—. Es mi hijo.
La clínica volvió a quedar en silencio.
El doctor finalmente habló:
—Escuche… tal vez haya otra opción.
José levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Existe un santuario de fauna en las montañas cerca de Tapalpa. Allí cuidan animales que no pueden vivir completamente en la naturaleza… pero tampoco pueden quedarse en ciudades.
José sintió un nudo en la garganta.
—¿Quiere decir que tendría que dejarlo allí?
—Podría visitarlo —dijo el doctor con suavidad—. Pero allí estaría con otros de su especie.
José no respondió.
Canelo lo observaba.
Como si entendiera cada palabra.
Esa noche, José no durmió.
Se sentó en la pequeña sala de su casa mientras Canelo descansaba a su lado.
Cinco años.
Cinco años de recuerdos pasaban por su mente.
La primera vez que aprendió a traerle las llaves.
La vez que un ladrón intentó entrar a la casa y Canelo lo espantó.
Las tardes caminando por el campo.
Las noches frías donde el animal dormía junto a él.
José acarició su cabeza.
—¿Qué voy a hacer contigo, amigo?…
Canelo levantó la mirada.
Sus ojos parecían tranquilos.
Como si confiara completamente en él.
Dos días después, José decidió visitar el santuario.