Reservé una isla privada para salvar mi matrimonio… pero mi esposo llegó con su madre y su ex y me puso a servirles como si fuera su sirvienta.

Miré a Rodrigo.

Él no la corrigió.

Solo se acomodó los lentes oscuros y sonrió.

Yo también sonreí, pero mi sonrisa ya no era de esposa herida.

Era de mujer que acababa de despertar.

Y nadie en ese muelle se dio cuenta de que esa fue la última vez que me hablaron como si yo no valiera nada…

—Tiene razón, Doña Graciela —dije con una calma tan fría que hasta Rodrigo dejó de sonreír—. He estado haciendo demasiado.

Valeria soltó una risita.

—Al fin lo entiende —murmuró.

No respondí. Saqué mi celular del bolso, me aparté unos pasos hacia la sombra de la terminal privada y abrí la aplicación de la agencia de viajes de lujo. La reserva aparecía completa: isla, villa, hidroavión, chef, bebidas premium, servicio privado, excursiones, todo pagado desde mi cuenta personal.

Rodrigo me gritó desde el muelle:

—Mariana, dile al capitán que ya estamos listos. No nos hagas esperar.