Reservé una isla privada para salvar mi matrimonio… pero mi esposo llegó con su madre y su ex y me puso a servirles como si fuera su sirvienta.
—Tú vas a cocinar y limpiar mientras nosotros disfrutamos la playa, Mariana. Para eso también sirve una esposa.
La frase salió de la boca de mi esposo en pleno muelle privado de Cancún, frente a sus padres, frente a su exnovia y frente al capitán que esperaba para llevarnos en hidroavión a una isla privada que yo había reservado para nuestro aniversario.
Yo me quedé inmóvil, con los lentes de sol todavía en la mano y el corazón golpeándome como si quisiera salirse del pecho.
Habían sido cinco años de matrimonio con Rodrigo Salvatierra. Cinco años en los que él presumía relojes caros, cenas en Polanco, camisas italianas y autos de lujo, mientras todos creían que era un hombre exitoso. La verdad era otra: la empresa de ciberseguridad que pagaba esa vida era mía. Yo la había levantado desde un departamento pequeño en la colonia Del Valle, durmiendo tres horas, rechazando fiestas, soportando deudas y burlas hasta convertirla en una firma millonaria.
Rodrigo trabajaba como gerente en una compañía de importaciones, pero su sueldo no pagaba ni la gasolina del coche que manejaba.
Aun así, yo seguía creyendo que podía salvar nuestro matrimonio.