Por eso, para nuestro quinto aniversario, reservé una semana en una isla privada del Caribe mexicano: villa con chef, personal completo, playa exclusiva, transporte en hidroavión y privacidad total. Costó 150.000 dólares. Lo hice porque Rodrigo llevaba meses diciéndome que yo era fría, que mi empresa me había convertido en una mujer “sin hogar en la cabeza”, que él necesitaba una esposa más presente.
Quise creerle.
Una noche antes del viaje, le entregué el itinerario en un sobre negro con letras doradas.
—Es para nosotros dos —le dije—. Sin juntas, sin llamadas, sin distracciones. Solo tú y yo.
Rodrigo apenas levantó la vista del celular.
—Espero que haya buen internet —respondió—. No puedo desaparecer solo porque tú tengas culpa.
Me dolió, pero me tragué el orgullo.
Al día siguiente llegué al muelle con treinta minutos de retraso por una emergencia en la empresa. Esperaba verlo solo, quizá molesto, quizá impaciente. Pero no.
Rodrigo estaba ahí con su madre, Doña Graciela; su padre, Don Ernesto; y Valeria, su exnovia de la universidad, vestida con un vestido blanco de lino como si ella fuera la invitada principal.
Valeria le tocaba el brazo con confianza.
Doña Graciela me miró de arriba abajo, como siempre.
—Qué bueno que llegaste —dijo Rodrigo—. Invité a mis papás y a Valeria. Ella está pasando por un momento difícil. Además, la isla es enorme.
—¿Invitaste a tu ex a nuestro aniversario? —pregunté, con la garganta cerrada.
Él sonrió con fastidio.
—No empieces con tus dramas de directora ejecutiva. Tú puedes encargarte de la comida y de que todo esté limpio. Te hará bien hacer algo útil con las manos.
Entonces Doña Graciela soltó la frase que terminó de romper algo dentro de mí:
—Es lo menos que puedes hacer con el dinero de mi hijo.