Esperanza caminaba a paso lento por las calles empedradas de un pintoresco pueblo en Jalisco. El sol del mediodía caía a plomo, pero ella apenas sentía el calor. Llevaba puesto un suéter desgastado, unos zapatos cubiertos de polvo y una vieja mochila colgada al hombro. Habían pasado 23 largos años desde la última vez que pisó esa misma calle. 23 años de romperse la espalda limpiando casas, oficinas y baños comerciales en el extranjero para enviar cada dólar de regreso a México.
Se detuvo frente a la imponente fachada de la Calle Hidalgo número 37. Era la casa más hermosa de la cuadra, con paredes recién pintadas, grandes ventanales y un portón de hierro forjado. Todo en esa propiedad gritaba prosperidad. Y todo, hasta el último ladrillo, había sido pagado con sus remesas.
Esperanza tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta, y llamó a la puerta.
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