OCULTÉ MI IDENTIDAD Y ENTRÉ A TRABAJAR EN LA EMPRESA DE MI ESPOSO. CUANDO TOMÉ SU TERMO, LA SECRETARIA SE ME FUE ENCIMA

En la mano de Camila brillaba un anillo de diamantes con un delicado diseño de rosa en oro blanco.

Mi pecho se tensó.

Aquel anillo era mío.

Yo misma lo había diseñado para celebrar nuestro tercer aniversario de bodas. Había guardado el boceto original en la caja fuerte de la casa.

Alejandro palideció al notar que lo había visto.

Intentó jalar a Camila para callarla, pero ella siguió gritando, exigiendo que me despidieran de inmediato.

Yo no dije nada.

Me di la vuelta, salí de la oficina y cerré la puerta con suavidad.

Toda la rabia que me había quemado por dentro empezó a enfriarse hasta convertirse en algo mucho más peligroso: lucidez.

Aquello ya no era solo una infidelidad.

Esos dos estaban planeando despojarme de todo.

Esa misma noche regresé a casa y no lloré.

Encendí la computadora y entré al sistema privado de control que mi padre me había dejado oculto años atrás. Revisé correos, transferencias, estados de cuenta, contratos, autorizaciones internas.

Lo que encontré me heló la sangre.