OCULTÉ MI IDENTIDAD Y ENTRÉ A TRABAJAR EN LA EMPRESA DE MI ESPOSO. CUANDO TOMÉ SU TERMO, LA SECRETARIA SE ME FUE ENCIMA

Él soltó una risa seca y le siguió el juego.

Dijo que yo era aburrida, insípida, que solo me había aguantado durante tres años porque era la hija del fundador. Le prometió a Camila que pronto me quitaría de en medio… y que entonces le daría a ella el lugar que merecía.

El café en la taza se sacudió.

Cada palabra fue como un cuchillo enterrándose despacio en mi pecho.

Respiré hondo, empujé la puerta y entré.

Los dos se sobresaltaron y se separaron de inmediato. Alejandro se acomodó el saco. Camila se levantó con la arrogancia pintada en el rostro.

Yo bajé la mirada, fingiendo seguir en mi papel de empleada humilde, y dejé la taza sobre el escritorio.

Entonces Camila se abalanzó hacia mí, golpeó la mesa con la palma y empezó a gritar que yo era una mugrosa, una arrimada sin categoría, que cómo me atrevía a tocar el vaso “de su hombre”. Antes de que pudiera decir una palabra, me dio una bofetada.

El golpe sonó seco.

Sentí la mejilla arder. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca y una gota tibia me bajó por la comisura de los labios.

Di un paso hacia atrás, tambaleándome, pero no caí.

Camila se plantó frente a mí con las manos en la cintura, señalándome como si yo fuera basura. Me insultó, me llamó poca cosa, insignificante, corriente. Todo el comedor ejecutivo quedó en silencio. Algunos me miraban con compasión. Otros con miedo.

Yo me limpié la sangre de la boca y levanté la vista.

Entonces lo vi.