Oculté mi identidad y entré a trabajar con documentos falsos en la propia corporación Grupo Monteverde, la empresa de mi esposo. Cuando mi padre murió, me dejó un imperio de miles de millones de pesos que había comenzado como un pequeño taller de ensamblaje en Monterrey. Yo, su única hija, le entregué toda la administración a mi marido, Alejandro, y decidí hacerme a un lado para convertirme en la esposa tranquila que siempre lo apoyaba.
Durante tres años creí que ese sacrificio me daría un hogar en paz. Pero Alejandro empezó a alejarse cada vez más. Los viajes de negocios se hicieron más largos, y en su ropa ya no solo olía a licor… también a un perfume femenino que yo no conocía. Mi intuición me decía que algo estaba muy mal. Y decidí averiguarlo por mí misma.
Me puse una blusa blanca sencilla, pantalón negro de oficina y me recogí el cabello en un chongo alto. Nadie habría reconocido en mí a Valeria Monteverde, la heredera del grupo. Entré como asistente administrativa de nivel básico. El primer día saqué copias, organicé expedientes, preparé café y acomodé la sala de juntas. A la hora de la comida, la jefa del área me ordenó subir una bandeja con bebidas a la oficina del director general.
La puerta estaba medio cerrada.
Iba a tocar… pero me detuve en seco al escuchar voces adentro.
Era Camila, la nueva secretaria de Alejandro. Hablaba con tono meloso, burlándose de mí sin saber que yo estaba escuchando. Decía que yo no servía para nada, que era una mujer apagada, buena solo para encerrarse en casa, incapaz de entender el mundo de los negocios. Se jactaba de que ella sí era la mujer que merecía estar al lado del director general.
Me quedé paralizada.
La bandeja empezó a temblarme entre las manos.
Esperé escuchar a Alejandro defender a su esposa. Esperé que la callara. Esperé, al menos, un poco de dignidad.
Pero no.