El grito de Sofía atravesó la casa con una violencia tan animal que a Elena se le resbaló el plato de las manos y lo vio estrellarse contra el fregadero mientras una sola idea le desgarraba el pecho: eso no era jabón en los ojos, eso era dolor de verdad.
Habían ido a pasar el fin de semana a la casa de sus padres en una colonia vieja de Puebla, una de esas casas grandes que por fuera parecen decentes y por dentro llevan años fermentando rencores. Elena llevaba toda la mañana en la cocina ayudando con el mole que su madre insistía en preparar cada vez que había visita, aunque después usara cada cucharada como prueba de que nadie la valoraba. Sofía, de 15 años, se había subido a bañar antes de salir con unas primas a un café del centro. Era una niña bonita, luminosa, de cabello castaño cobrizo y larguísimo, de ese que su abuela llamaba “demasiado escandaloso” y su tía Valeria “demasiado presumido”. A Elena siempre le había molestado ese tono, esa forma en que convertían cualquier rasgo lindo de Sofía en un defecto moral, como si una adolescente cuidarse el pelo fuera una ofensa personal.
Pero ese día el grito fue distinto. Más hondo. Más desesperado.
—¡Mamá, ayúdame! ¡Me quema! ¡Me quema muchísimo!
Elena salió de la cocina corriendo, subió las escaleras de 2 en 2 y llegó al baño del fondo con el corazón desbocado. Agarró la manija, la giró con fuerza y sintió que el cuerpo se le iba al vacío.
Estaba cerrada con llave.
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