Mi hermana Valentina vertió la lejía en la botella del champú de mi hija. Cuando ella gritó en la ducha por el ardor, mamá se rió: «Si ahora está calva, ¡quizás dejará de ser tan vanidosa!». LA PARTE 1: El grito de Sofía atravesó la casa con una violencia tan animal que a Elena se le resbaló el plato de las manos y lo vio estrellarse contra el fregadero mientras una sola idea le desgarraba el pecho: eso no era jabón en los ojos, eso era dolor de verdad.

—¡Sofi! ¡Ábreme, mi amor! ¡Ábreme!

Del otro lado sólo escuchó agua cayendo, un golpe torpe contra los azulejos y la voz de su hija ya rota por el llanto.

—¡No puedo! ¡No puedo, mamá! ¡Me está quemando la cabeza!

Elena empezó a golpear la puerta con las palmas, luego con el hombro, luego con todo el cuerpo. El vapor se salía por la rendija inferior mezclado con un olor químico que le arañó la garganta apenas lo respiró. No era shampoo. No era tinte. Era algo más agresivo, más sucio, más peligroso. Y entonces oyó una risa detrás de ella. Una risa tranquila, casi divertida, el tipo de risa que se suelta cuando se cree haber hecho una travesura brillante.

Se volteó.

Su madre, Teresa, estaba al pie del pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa ancha, satisfecha. A su lado, Valeria, la hermana mayor de Elena, sostenía el celular en alto, grabando. Y un poco más atrás, su padre Rogelio se asomaba desde el cuarto de visitas con esa media mueca cobarde de los hombres que siempre esperan ver para qué lado se acomoda la culpa antes de elegir bando.

—Si ahora queda pelona, a ver si se le quita lo vanidosa —soltó Teresa, riéndose con ganas.

Elena sintió un zumbido en los oídos.

—¿Qué hicieron? —preguntó, aunque una parte de ella ya lo sabía.

Valeria se encogió de hombros sin bajar el teléfono.

—Ay, no seas exagerada. Era una bromita.

Del otro lado de la puerta Sofía volvió a gritar, un grito seco, agudo, de puro pánico. Elena se lanzó otra vez contra la madera.

—¡Ábranla ahorita! ¡Ábranla, carajo!

Pero en lugar de moverse, Teresa dio 2 pasos al frente y se plantó contra la puerta. Rogelio, después de una vacilación miserable, hizo lo mismo. Entre los 2 empujaron desde afuera para impedir que Elena siguiera golpeando con fuerza. Fue tan absurdo, tan monstruoso, que durante 1 segundo Elena ni siquiera pudo procesarlo. Sus padres. Sus propios padres. Bloqueando una puerta mientras su nieta gritaba por ayuda.

—Déjala tantito más —dijo Teresa, con la cara encendida de diversión—. Para que aprenda.

Elena empujó con todo el cuerpo.

—¡Quítense! ¡Está llorando de dolor!

Y entonces lo vio. Teresa metió la mano al bolsillo de su delantal, sacó la pequeña llave plateada del baño, caminó con una calma insoportable hacia la ventana del pasillo y, sin dejar de sonreír, la aventó al jardín.

El tiempo se le hizo viscoso a Elena. Sintió el impulso de arañarla, de tirarla al suelo, de abrirle la cabeza contra el marco de la ventana. Pero Sofía volvió a gritar y el instinto le ganó al odio. Sacó el celular con los dedos temblándole tanto que casi se le cae y marcó al 911.

—Emergencias, ¿cuál es su situación?

—Mi hija está encerrada en un baño —dijo con la voz rota—. Le echaron algo al shampoo, le está quemando la cabeza y no me dejan abrir la puerta.

Hubo un silencio mínimo del otro lado.

—¿Quién no la deja abrir?

—Mis papás y mi hermana. Están bloqueando la puerta.

La voz de la operadora cambió de inmediato.

—No cuelgue. Ya va una unidad en camino. ¿Su hija sigue consciente?

—Sí, pero está gritando mucho. Hay un olor químico horrible.

—Manténgase cerca de la puerta y háblele. La patrulla y la ambulancia ya fueron despachadas.

Detrás de Elena la risa murió. Cuando se volteó, Valeria ya no sonreía. Teresa había fruncido la boca. Rogelio bajó la vista, molesto, como si el verdadero problema no fuera lo que acababan de hacer sino que Elena hubiera llamado a la policía.

—¿Estás loca? —espetó Valeria—. ¿Le hablaste a la policía por esto?

Elena la miró con una frialdad que ni ella misma conocía.

—Aléjense de la puerta.

Tal vez fue el tono. Tal vez fue el inicio de las sirenas a lo lejos. Tal vez por primera vez entendieron que lo que habían hecho no podía maquillarse como “cosa de familia”. Se apartaron. Elena trató otra vez de abrir. Nada. La cerradura seguía firme. Apoyó la frente contra la madera.

—Sofi, mi amor, escúchame. Ya vienen a ayudarte. Sigue echándote agua. No dejes de enjuagarte.

—¡No se quita! —sollozó su hija—. ¡Siento la cabeza en fuego!

Elena se giró despacio hacia los 3.

—¿Qué le pusieron?

Valeria rodó los ojos como si le fastidiara la pregunta.

—Poquita cloro, ya. Tampoco fue ácido.

A Elena se le revolvió el estómago.

—¿Cloro? ¿Le echaste cloro al shampoo?

—Pues el de la cocina. ¿Y qué? La gente se decolora el pelo todo el tiempo.

Hasta Rogelio pareció ponerse incómodo.

—Se nos pasó la mano, ya —murmuró—. Pero tampoco es para tanto.

Las sirenas se escucharon ya en la calle. Teresa enderezó la espalda, ofendida.

—Nada más queríamos darle un escarmiento. Esa niña vive demasiado pendiente de verse al espejo.

Elena entendió entonces algo que llevaba años negándose a nombrar: no era crueldad de un momento, no era una broma estúpida que salió mal. Había desprecio. Había envidia. Había una felicidad torcida en ver sufrir a Sofía.

La policía entró con 2 agentes y detrás de ellos subieron paramédicos. Elena apenas alcanzó a decir “está aquí” cuando uno de los policías, un hombre robusto de cara seria, retrocedió 2 pasos y le soltó una patada a la puerta junto a la cerradura. La madera se partió con un crujido seco. El vapor salió de golpe.

Sofía estaba dentro de la regadera, todavía bajo el agua, temblando entera. Tenía las manos en la cabeza y el pelo pegado al cuero cabelludo en mechones raros, como si ya empezara a desprenderse. Las zonas de piel que se veían estaban rojas, inflamadas, violentamente vivas. Elena sintió que algo dentro de ella se desgarraba para siempre.

La agente mujer se acercó de inmediato.

—Mi amor, soy policía. Ya estás a salvo.

Cerró la llave, la envolvió en una toalla y la sacó con cuidado. Sofía alzó la vista hacia Elena con una expresión de terror puro.

—Mamá, no sabía qué hacer.

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