Llegué temprano a casa con rosas blancas, esperando sorprender a mi esposa embarazada de siete meses. Pero las dejé caer horrorizado. Mi madre, una mujer de la alta sociedad, y una enfermera contratada estaban recostadas, comiendo fruta, mientras mi esposa lloraba y se tallaba los brazos ensangrentados con cloro puro en el suelo. No grité. Cerré las puertas con llave y desaté sobre mi familia una pesadilla que…

—La verdad es que su esposa es inestable. Llora por todo, se inventa ofensas, manipula. Yo solo seguí instrucciones.

Mi madre palideció.

—Cállate, Norma.

Pero ya era tarde.

—¿Instrucciones? —pregunté.

Norma soltó una risa nerviosa.

—Doña Beatriz me contrató para poner orden. Me dijo que la señora Valeria era débil, que venía de un orfanato, que se hacía la víctima para tenerlo a usted comiendo de su mano. Me pidió mano firme.

El silencio se volvió insoportable.

Recordé a Valeria pidiéndome perdón por cosas absurdas. Por romper un vaso. Por dormir demasiado. Por llorar cuando le dolía la espalda. Recordé el día que me dijo bajito: “Norma me da miedo”, y yo, con la laptop abierta, le contesté: “Seguro solo es estricta, amor”.

Nunca me odié tanto como en ese momento.

—¿Tú hiciste esto? —le pregunté a mi madre.

Ella levantó la barbilla, orgullosa incluso en la ruina.

—Yo intenté salvar a tu hijo de una mujer emocionalmente rota.

Sentí que el piso desaparecía.

—Valeria es mi esposa.

—Valeria es una muchacha sin carácter que no estaba lista para esta familia —escupió—. Tú la convertiste en princesa porque te gusta sentirte salvador. Pero un niño necesita una madre fuerte, no una huérfana llorona que se desmorona porque alguien le exige bañarse bien.

La bofetada no se la di con la mano.

Se la di con la puerta.

Caminé hasta la entrada y la abrí de par en par.

—Norma, tienes un minuto para salir de mi casa.

—¿Y si no?

—Llamo a la policía. Luego a mi abogado. Y después me encargo de que ninguna familia de Polanco, Interlomas o San Ángel vuelva a dejarte entrar a cuidar a una embarazada.

Norma miró a mi madre buscando ayuda.

Mi madre no dijo nada.

—Vieja cobarde —le soltó Norma antes de irse por sus cosas.

La vi salir arrastrando su maleta, soltando amenazas vacías. Cuando cruzó la reja, cerré con llave.