Llegué temprano a casa con rosas blancas, esperando sorprender a mi esposa embarazada de siete meses. Pero las dejé caer horrorizado. Mi madre, una mujer de la alta sociedad, y una enfermera contratada estaban recostadas, comiendo fruta, mientras mi esposa lloraba y se tallaba los brazos ensangrentados con cloro puro en el suelo. No grité. Cerré las puertas con llave y desaté sobre mi familia una pesadilla que…

Pero Norma no se movió.

—Las mujeres embarazadas a veces pierden la razón —dijo con voz fría—. Su esposa necesita disciplina. Viene de una vida difícil, no entiende cómo funciona una familia como esta.

Valeria bajó la cabeza.

Entonces vi las marcas: dedos marcados en sus brazos, moretones viejos bajo la manga, arañazos en la muñeca.

Miré a mi madre.

—¿Cuánto tiempo?

Ella no respondió.

—Te hice una pregunta. ¿Cuánto tiempo lleva pasando esto en mi casa?

Norma abrió la boca, pero la interrumpí.

—No vuelvas a hablar.

Mi madre dejó la toalla sobre la mesa. Tenía los ojos clavados en el piso.

Valeria temblaba bajo la cobija que Ana le puso encima.

—Diego —dijo mi madre al fin—, no seas dramático. Solo intentábamos prepararla.

—¿Prepararla para qué?

Mi madre me miró con una calma que me dio asco.

—Para ser madre de un hijo de nuestra familia.

Y en ese instante entendí que aquello no era un accidente.

Era un plan.

Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

Mandé a Ana subir a Valeria al cuarto y le ordené que no la dejara sola ni un segundo.

Cuando mi esposa pasó junto a mi madre, doña Beatriz intentó tocarle el hombro. Valeria se apartó tan rápido que casi cayó.

Mi madre se quedó con la mano suspendida en el aire.

Ahí lo entendí todo: Valeria no solo le temía a Norma. También le temía a la mujer que me crió.

Cuando las escuché cerrar la puerta de arriba, me volví hacia las dos.

—Quiero la verdad.

Norma cruzó los brazos.