«Yo escuché que quedó quemado de cintura para abajo».
«La muchacha debe estar haciéndolo por dinero».
Cada palabra caía sobre Elena, pero ella mantuvo la vista en Liam.
Él también las escuchaba.
Lo supo por la forma en que sus dedos se cerraron apenas sobre los apoyabrazos.
Cuando pronunciaron los votos, la voz de Elena tembló.
La de Liam fue baja, clara, resignada.
Después del beso, que apenas rozó su mejilla, los aplausos sonaron como algo obligatorio.
La recepción fue peor.
Todos sonreían demasiado.
La señora Hamilton se movía entre los invitados como una reina satisfecha, aceptando felicitaciones con una elegancia impecable.
Elena se sentó junto a Liam en la mesa principal, sintiendo que ambos eran piezas de exhibición.
Durante la cena, una mujer
con perlas se inclinó hacia otra y dijo sin suficiente discreción:
«Al menos ahora alguien lo cuidará».
Liam bajó la mirada a su plato.
Elena dejó el tenedor sobre la mesa.
«No soy su enfermera», dijo con calma.
La mujer se quedó helada.
Liam la miró de reojo, sorprendido.
Elena sintió la mirada de la señora Hamilton clavarse en ella desde el otro extremo de la sala, pero no se arrepintió.
Más tarde, cuando la recepción terminó y los últimos invitados se marcharon, un silencio pesado cayó sobre la mansión.
Una doncella acompañó a Elena hasta la suite nupcial, una habitación enorme en el ala oeste, con cortinas color marfil, una cama demasiado grande y un balcón que daba al jardín oscuro.
Elena entró sola.
Minutos después, Liam apareció en la silla de ruedas, empujado por un asistente.
Su rostro estaba cerrado, distante.
«Déjenos», dijo él.
El asistente dudó, pero obedeció.
La puerta se cerró.
Por primera vez desde la ceremonia, Elena y Liam quedaron completamente solos.
Ella se quedó de pie junto al tocador, con las manos apretadas frente al vestido.
Él estaba cerca de la cama, inmóvil, mirando el suelo.
«No tienes que fingir», dijo Liam.
Elena frunció el ceño.