La espectacular fiesta se llevaba a cabo en el patio central de la Hacienda Los Agaves. Había más de 300 invitados degustando platillos tradicionales y el mejor tequila de la reserva privada de la familia Garza. Valeria circulaba entre las mesas con una elegancia impecable, agradeciendo las felicitaciones y sonriendo para las fotografías. Sin embargo, detrás de esa máscara de felicidad, su mente trabajaba a mil por hora, analizando cada movimiento de su ahora esposo.
Alejandro se paseaba por el lugar como si ya fuera el dueño de todo. Abrazaba a los tíos, brindaba con los socios comerciales de Don Ricardo y no paraba de hablar sobre “innovar” y “modernizar” la distribución del tequila. Valeria lo observaba con un asco profundo que apenas lograba disimular.
Aprovechando un momento en que Alejandro estaba distraído intentando impresionar al contador de la empresa, Valeria acorraló a Diego cerca de la barra de bebidas.
“Sé todo lo que hablaron en la iglesia”, le susurró Valeria con voz afilada, clavando su mirada en el amigo de su esposo. Diego palideció al instante y dejó el vaso sobre la barra con manos temblorosas. “Y sé que Alejandro le debe dinero a gente muy peligrosa. Si no quieres hundirte con él, más te vale decirme la verdad”.
Diego, aterrorizado, confesó balbuceando que Alejandro estaba desesperado y que las deudas eran mucho peores de lo que había admitido.
Minutos después, Valeria jaló a su hermana menor, Sofía, una brillante estudiante de derecho con contactos en varios despachos importantes de la ciudad. Le resumió la situación en el baño de mujeres. Sofía, horrorizada pero con el mismo instinto protector de los Garza, se puso a trabajar de inmediato desde su celular.
A la mañana siguiente, mientras Alejandro dormía plácidamente en la enorme cama matrimonial creyendo que su plan iba a la perfección, Sofía llegó a la casa con una carpeta llena de documentos y una expresión sombría.
“Valeria, esto es peor de lo que imaginamos”, susurró Sofía, extendiendo los papeles sobre la mesa de la cocina. “No debe 200,000. Su deuda total supera los 800,000. Debe a prestamistas, a cajas populares y a mafiosos que manejan apuestas ilegales en la frontera. Además, el despacho contable donde supuestamente trabaja lo despidió hace 6 meses por intento de fraude. No tiene ni un peso partido por la mitad”.
Valeria sintió un escalofrío al ver el historial criminal de su esposo.
“Y hay algo más”, continuó Sofía, tragando saliva. “Tú eres su tercer intento. Ya había tratado de enamorar a 2 herederas en Monterrey y Sinaloa en los últimos 2 años, pero los padres de ellas se dieron cuenta a tiempo y cancelaron todo. Es un estafador profesional”.
“No voy a pedir el divorcio”, sentenció Valeria, con una frialdad que asustó a su propia hermana. “Si lo hago, simplemente huirá y buscará a otra víctima, y mi familia seguirá en peligro. Lo quiero en la cárcel, Sofía. Lo quiero destruido con pruebas irrefutables”.
El plan de Valeria se puso en marcha esa misma tarde. Con la información que Sofía recopiló, Valeria contactó en secreto al principal acreedor de Alejandro, un hombre rudo conocido como Ramírez. Se reunió con él en una cantina discreta a las afueras de la ciudad. Le explicó la situación y le propuso un trato: si ellos presionaban a Alejandro hasta llevarlo al límite del pánico en los próximos días, ella se aseguraría de entregarlo a las autoridades por un delito mayor, quitándoles el problema de encima a los prestamistas. Ramírez, impresionado por la audacia de la mujer, aceptó el trato.
La presión no tardó en surtir efecto. Alejandro comenzó a recibir llamadas a todas horas, palideciendo cada vez que miraba la pantalla de su celular. Empezó a sudar frío, a perder el apetito y a caminar de un lado a otro por la casa como un animal enjaulado.
A los 4 días de la boda, Alejandro, al borde del colapso nervioso, se sentó frente a Valeria fingiendo vergüenza. Le inventó una historia sobre un “viejo socio” que lo estaba extorsionando injustamente y le rogó que le prestara 50,000 para calmar las aguas mientras él empezaba a trabajar formalmente con Don Ricardo.
Valeria, actuando como la esposa devota y comprensiva, no solo no lo cuestionó, sino que le transfirió los 50,000 esa misma tarde. Alejandro casi llora de alivio, llamándola “su ángel salvador”. Lo que él no sabía era que ese dinero era el anzuelo perfecto para darle confianza ciega.
Esa misma noche, Valeria le sugirió dulcemente: “Mi amor, veo que estás muy presionado. Hablé con mi papá y está tan impresionado con tus ideas que está dispuesto a darte un poder notarial temporal para que lo ayudes a mover unos fondos de la empresa. Así podrás demostrarle tu valor”.
La codicia iluminó los ojos de Alejandro. Cegado por la desesperación de sus verdaderas deudas, cayó directamente en la trampa. A la mañana siguiente, Don Ricardo, quien ya estaba al tanto de absolutamente todo el plan de su hija, firmó un poder notarial limitado y se lo entregó a su yerno en las oficinas principales de la tequilera.
Alejandro no esperó ni 24 horas. Creyendo que el viejo Ricardo estaba en una reunión fuera de la ciudad y que Valeria estaba ocupada con sus amigas, entró al sistema bancario corporativo. Con las manos temblorosas pero una sonrisa de triunfo en el rostro, utilizó el poder notarial para intentar transferir 100,000 directamente a una cuenta personal oculta a su nombre, pensando que resolvería la mitad de sus problemas de un solo golpe y luego inventaría una excusa contable.
Al dar el último clic para autorizar la transacción, la puerta de la oficina se abrió de golpe.
No era la secretaria. Era Don Ricardo, flanqueado por 3 agentes de la policía estatal y auditores financieros. Detrás de ellos, Valeria lo miraba con una expresión de absoluto desprecio.
“¿Qué… qué es esto?”, tartamudeó Alejandro, poniéndose de pie de un salto mientras la computadora aún mostraba la transferencia fraudulenta en pantalla. “Don Ricardo, le juro que esto es un malentendido, yo solo estaba revisando el sistema…”
“Ahórrate las mentiras, imbécil”, lo interrumpió Valeria, dando un paso al frente. Su voz resonó fuerte y clara en la oficina. “Sé todo sobre ti. Sé sobre tus deudas en los casinos clandestinos, sé que debes más de 800,000. Sé sobre las otras 2 familias a las que intentaste robar. Y, sobre todo, escuché cada maldita palabra que le dijiste a Julio en la iglesia el día de nuestra boda”.
El rostro de Alejandro perdió todo rastro de color. Sus rodillas temblaron y cayó pesadamente sobre la silla. Intentó balbucear una disculpa, intentó apelar al amor que supuestamente ella sentía por él, pero los agentes ya le estaban poniendo las esposas.
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