Valeria Garza sintió que las piernas le temblaban bajo las capas de seda y tul mientras ajustaba su velo por última vez frente al enorme espejo de la sacristía. En solo unos minutos, caminaría hacia el imponente altar de la parroquia principal de Tequila, Jalisco, para unir su vida a la de Alejandro Montes, el hombre al que había amado ciegamente durante 3 largos años. Afuera, el murmullo de los invitados y los acordes suaves de un mariachi creaban una atmósfera que parecía sacada de un cuento de hadas.
Fue en ese instante de paz cuando escuchó unas voces provenientes del pasillo. La pesada puerta de madera tallada estaba entreabierta y Valeria reconoció de inmediato la risa fuerte y característica de su prometido. Con una sonrisa ingenua asomándose en su rostro, se acercó lentamente, pensando que tal vez estaban bromeando sobre los nervios de la boda.
“¿Estás seguro de que esta locura va a salir bien, hermano?”, se escuchó la voz de Julio, el padrino de bodas.
“Claro que sí, compadre”, respondió Alejandro con una frialdad y arrogancia que Valeria jamás había notado en él. “Valeria está perdidamente enamorada de mí, es incapaz de ver la realidad. Después de que firmemos el acta, será solo cuestión de tiempo para convencerla de que me dé poder legal sobre las tequileras y los ranchos agaveros de su padre”.