El oscuro secreto que el novio confesó en el altar y la venganza perfecta que destruyó su vida Valeria Garza sintió que las piernas le temblaban bajo las capas de seda y tul mientras ajustaba su velo por última vez frente al enorme espejo de la sacristía. En solo unos minutos, caminaría hacia el imponente altar de la parroquia principal de Tequila, Jalisco, para unir su vida a la de Alejandro Montes, el hombre al que había amado ciegamente durante 3 largos años. Afuera, el murmullo de los invitados y los acordes suaves de un mariachi creaban una atmósfera que parecía sacada de un cuento de hadas.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones y que el mundo entero colapsaba bajo sus pies. Tuvo que apoyar una mano contra la fría pared de piedra para evitar desplomarse arruinando su vestido.
“¿Y si el viejo sospecha algo?”, intervino Diego, otro de los amigos de Alejandro.
“Don Ricardo está demasiado ocupado exportando tequila como para revisar cada hoja que firma. Además, Valeria es demasiado ingenua, jura que soy su príncipe azul. Cuando consiga el poder notarial, venderé un par de terrenos a sus espaldas. Ni cuenta se van a dar”, se burló Alejandro.
Las risas de los hombres resonaron en el estrecho pasillo como puñaladas directas al corazón de Valeria. Llevó su mano temblorosa al pecho, sintiendo cómo sus 3 años de relación, sus ilusiones y sus planes a futuro se desmoronaban, revelando que todo había sido una asquerosa mentira.
“Pero, ¿te vas a quedar casado con ella para siempre?”, insistió Julio, sonando un poco nervioso.
“Por ahora sí, me conviene. Necesito acceso total a sus cuentas bancarias. Después… bueno, en los ranchos siempre ocurren accidentes lamentables, ¿no?”, la risa de Alejandro se volvió oscura y siniestra.
Valeria tuvo que taparse la boca con ambas manos para ahogar un grito de puro terror.
“Tengo que actuar rápido”, continuó Alejandro, bajando un poco la voz. “Le debo 200,000 a la gente del casino clandestino en Guadalajara. Son prestamistas pesados y ya se están impacientando mucho. Pero después de hoy, con el dinero de esta familia, problema resuelto”.
Valeria cerró los ojos con fuerza. Alejandro jamás le había mencionado ningún problema de apuestas. Ante ella y su familia, él siempre fingía ser un joven trabajador, humilde y honrado. Sus padres lo adoraban, especialmente Don Ricardo, un hombre de campo que empezó desde abajo y construyó un imperio a base de sudor, y que ahora le abría las puertas de su casa a un completo estafador.
“Ya es hora, los músicos ya están listos”, avisó Diego.
“Perfecto. Vamos a fingir que somos los hombres más felices del mundo”, sentenció Alejandro antes de que sus pasos se alejaran por el corredor.
Sola en la penumbra, Valeria respiró profundo. Miró su reflejo, el vestido de diseñador, el maquillaje impecable. Todo por un parásito que solo quería saquear a su familia. En lugar de llorar, una rabia ardiente y calculadora encendió su mirada. Se secó la única lágrima que había logrado escapar. Si él quería jugar sucio, ella le iba a dar la lección de su vida.
Tomó su celular y le envió un mensaje rápido a su hermana menor. Luego, levantó la barbilla y caminó hacia la entrada de la iglesia, donde su padre la esperaba con lágrimas de emoción. Al llegar al altar, Alejandro le dedicó su mejor sonrisa de enamorado y ella se la devolvió, interpretando a la perfección el papel de la novia radiante. Era imposible creer lo que estaba a punto de pasar…