—Tú me saludabas desde la reja —dijo.
Sofía frunció un poco el ceño.
—¿Yo?
—Sí. Antes.
Mateo levantó la vista hacia ti.
—Antes de que empeorara.
Esa palabra te golpeó más fuerte que todo lo demás.
Porque confirmaba algo que no sabías: tu hija lo había visto antes, lo había notado, le había importado lo suficiente como para saludarlo.
Y tú, con toda tu seguridad privada, tus choferes, tus asistentes, tus propiedades y tu fortuna, ni siquiera sabías que ese niño existía.
Ahí estaba la humillación más profunda debajo del terror.
Los hombres como tú siempre imaginan que el peligro llega en zapatos finos.
Y olvidan que la verdad a veces llega descalza.
Te apartaste para hacer una llamada.
Ariadna Salgado, tu jefa de seguridad privada en México, contestó en el primer timbrazo. Exagente de investigación, precisa como un bisturí, inmune al poder, una de las pocas personas de tu entorno que jamás confundía lealtad con obediencia ciega.
—Necesito que vengas al Café Jacaranda ahora mismo —dijiste—. Sin escolta visible. Sin ruido. Y Ariadna… escucha bien. Esto no sale de tu boca.
Ella guardó silencio un segundo.
—Entendido.