Las palabras del niño no cayeron como una frase. Cayeron como una navaja entre las costillas: precisas, frías e imposibles de ignorar una vez clavadas. Por un segundo, todo el parque pareció inclinarse. La luz del sol se volvió blanca y dura sobre el sendero de grava, y el aire en tus pulmones se hizo delgado.
Tu hija estaba sentada a tu lado, con sus deditos aferrados a su bastón blanco, escuchando el mundo con esa quietud cuidadosa de una niña que había tenido que aprender la oscuridad demasiado pronto.
Y ese niño flaco, con la ropa rota, parado frente a ti, acababa de decirte que aquella oscuridad no era natural.
—¿Qué dijiste? —preguntaste.
Pero tu voz salió más baja de lo que esperabas, casi tranquila, y eso te asustó más que si hubieras gritado.
El niño no se inmutó. Era delgado, estaba cubierto de polvo y tenía esa inmovilidad extraña que solo tienen los niños a quienes la vida ya intentó borrar demasiado pronto. Miró primero a Sofía, no a ti, y cuando volvió a hablar, lo hizo como quien repite un hecho, no como quien inventa una historia.