—Ella no se está quedando ciega —dijo—. La señora le pone algo. En la comida. También en la bebida dulce.
Te levantaste tan rápido que la banca rechinó sobre la piedra. Sofía se sobresaltó a tu lado, y el sonido de su respiración cortita te arrancó del borde del abismo antes de que el miedo se convirtiera en furia frente a ella.

En vez de eso, te agachaste hasta quedar a la altura del niño, aunque cada nervio de tu cuerpo te gritaba que lo sacudieras hasta arrancarle todas las respuestas.
—Si esto es un truco para sacarme dinero —dijiste—, elegiste al hombre equivocado.
—No es ningún truco —respondió él—. Y no quiero su dinero.
Eso no debería haberte importado, pero te importó.
En tu mundo, todo tenía precio. Visible o escondido. Habías pasado años aprendiendo a detectar la intención detrás de cada súplica, de cada gesto, de cada necesidad. Pero en la voz de aquel niño no había hambre de dinero, ni pausa teatral, ni manipulación.
Solo certeza.
Y eso era mucho más peligroso.
Miraste a Sofía.