—También la escuché hablando por teléfono —añadió—. Dijo: “Que siga poco a poco. Lo suficiente para nublarla, no para matarla”.
Aquello te golpeó peor que un puñetazo.
Tomaste la mano de Sofía. Ella sonrió por reflejo, porque todavía confiaba en que el mundo se organizaba alrededor de tu tacto.
Eso casi te destruyó.
Los hombres que habían construido imperios contigo, los que te temían en salas de juntas y envidiaban tu instinto, se habrían burlado si te hubieran visto ahí: un multimillonario sentado en un parque de Ciudad de México, con el corazón desmoronándose porque un niño de la calle acababa de decirle lo único que el dinero jamás le enseñó a vigilar.
A la persona que le daba de comer a su hija.
No enfrentaste a Verónica esa tarde.
Y fue la primera decisión inteligente que tomaste.
En vez de eso, llevaste a Mateo y a Sofía a una cafetería discreta a dos cuadras del parque, uno de los pocos lugares donde tu apellido no hacía que los empleados se pusieran tensos.
Pediste té, agua embotellada y tres platos de arroz con pollo.
Mateo miró la comida con desconfianza, como si el hambre le hubiera enseñado que la generosidad casi siempre lleva anzuelos escondidos.
Sofía se sentó junto a ti, moviendo las piernas bajo la silla, y preguntó si el café todavía tenía los faroles amarillos colgando del techo, como los recordaba de antes.
Le dijiste que sí, aunque tenías la garganta tan cerrada por la angustia que cada palabra parecía rasparte por dentro.
Mateo no tocó la comida hasta que Sofía alargó la mano hacia su plato y dijo:
—Si quieres, puedes quedarte con los plátanos fritos.
Él la miró de verdad entonces. Y algo en su rostro se suavizó.