Acompañó a Mateo a su partido de fútbol.
Escuchó a Emiliano tocar una melodía torpe en el teclado.
Ayudó a Santiago con un modelo del sistema solar, aunque terminó cubierto de pegamento y brillantina.
Los niños tardaron poco en tomarle cariño, pero no porque supieran quién era.
Sino porque Alejandro aprendió a estar ahí sin imponerse.
A veces cargaba mochilas.
A veces preparaba sándwiches desastrosos.
A veces simplemente se sentaba a oírlos hablar durante una hora sobre dinosaurios, planetas o superhéroes.
Valeria observaba todo eso desde una distancia prudente.
Quería confiar.
Pero el miedo seguía latiendo.
No miedo a Alejandro.
Sino al pasado.
A que algo volviera a arrebatárselo todo.
Una tarde lluviosa de octubre, Santiago tuvo una crisis respiratoria repentina.
Valeria estaba en una reunión escolar y no respondió el teléfono. La persona que estaba con los niños llamó, desesperada, a Alejandro, cuyo número ya figuraba como contacto de emergencia.
Él llegó en menos de diez minutos.
Cargó a Santiago en brazos, lo llevó al hospital y no se movió de su lado ni un segundo.
Cuando Valeria llegó, pálida de terror, encontró una escena que la dejó sin aliento: Alejandro sentado en la cama del hospital, con Santiago dormido sobre el pecho, una mano grande y firme sosteniendo el pequeño inhalador, como si hubiera protegido esa vida desde siempre.
La doctora se acercó a Valeria y dijo algo que ella no olvidaría jamás:
—Su esposo no se despegó ni un minuto del niño.
Valeria abrió la boca para corregirla.
Pero no pudo.
Porque por alguna razón, oír esa palabra no le dolió.