La hizo llorar.
Alejandro levantó la mirada. Estaba agotado, despeinado, con la camisa arrugada y una expresión de puro miedo aún marcada en el rostro.
—Ya está bien —dijo él con voz baja—. Ya pasó.
Valeria se acercó.
Lo vio besar la cabeza de Santiago dormido, con un amor tan instintivo, tan verdadero, que todos los años de duda se resquebrajaron en un solo instante.
—Gracias —susurró ella.
Alejandro la miró como si quisiera decir mucho más.
—No me des las gracias por cuidar a mi hijo.
Fue la primera vez que lo dijo en voz alta.
Mi hijo.
Valeria lloró en silencio.
Porque esa noche entendió algo doloroso y hermoso a la vez: por más que había intentado proteger a sus hijos sola, ellos siempre habían merecido a su padre.
Y él merecía saber amarlos.
Meses después, cuando la relación entre ellos empezaba a sanar de verdad, una noticia inesperada sacudió todo otra vez.
Laura fue detenida.
No por el pasado sentimental de Valeria y Alejandro, sino por una investigación de fraude corporativo, lavado de dinero y manipulación de acciones dentro del grupo empresarial de Alejandro.
Lo que nadie esperaba era que, en su intento por negociar una reducción de condena, Laura entregara correos, audios y documentos de años atrás.
Entre ellos, pruebas claras de que había manipulado la separación entre Alejandro y Valeria.
Lo había hecho por obsesión.
Llevaba años enamorada de Alejandro en silencio. Sabía que mientras Valeria existiera en su corazón, ella nunca tendría una oportunidad. Así que mintió. Falsificó. Interceptó mensajes. Destruyó todo puente entre ellos.
Cuando Alejandro escuchó la confesión grabada, sintió una rabia tan grande que tuvo que detener el audio a la mitad.
Valeria, en cambio, no sintió rabia.
Sintió cansancio.
Porque al final, la vida que habían perdido no se recuperaba metiendo a Laura en prisión. Nada les devolvería los cumpleaños ausentes, las navidades vacías, los primeros pasos que Alejandro nunca vio.
Pero sí podían decidir qué hacer con lo que quedaba.