El magnate vio a su exnovia en el avión… y a su lado iban tres niños trillizos idénticos a él. En ese instante, se quedó sin aliento…

Y por primera vez en su vida, todo el dinero del mundo le pareció algo miserable.

—Mamá —dijo Mateo desde lejos—, ya vino la tía.

Una mujer de rostro amable se acercó. Al ver a Alejandro, lo reconoció enseguida y abrió los ojos con sorpresa.

—Así que sí eras tú… —murmuró.

Valeria asintió con cansancio.

La hermana se llevó a los niños con suavidad. Pero antes de irse, Emiliano volvió corriendo hacia Alejandro.

Le entregó algo.

Era un pequeño avión de papel, un poco arrugado.

—Para que no estés triste —dijo con una sonrisa—. Tú pareces triste aunque te vistes caro.

Alejandro se quedó mudo.

Tomó el avión con una delicadeza absurda, como si fuera de cristal.

—Gracias.

El niño salió corriendo otra vez.

Y cuando ya estaba lejos, gritó:

—¡Adiós, señor que se parece a nosotros!

Alejandro ya no pudo contener las lágrimas. No lloró con estruendo. Solo bajó la cabeza, apretó el avioncito en la mano y dejó que el dolor saliera en silencio, como sale todo lo que ha sido reprimido demasiado tiempo.

Valeria lo vio llorar y ese fue el golpe final para ella.

Porque Alejandro siempre había sido fuerte.

Siempre.

Y verlo roto le demostró que lo había amado bien. Tan bien, que ni siete años de silencio habían sido suficientes para matarlo del todo dentro de ella.

Durante las semanas siguientes, Alejandro hizo algo que nadie en su empresa creyó posible.

Canceló reuniones.

Pospuso viajes.

Dejó en manos de su consejo varias decisiones millonarias.

Y se instaló discretamente en Puebla, cerca de donde vivían Valeria y los niños.

No intentó comprar su amor.

No apareció con regalos desproporcionados ni promesas vacías.

Empezó como empiezan los hombres que de verdad quieren reparar algo: con presencia.

Fue al parque.