Alejandro sintió una puñalada de culpa, aunque racionalmente sabía que la culpa no era suya. Le dolía haber estado ausente. Haber vivido rodeado de lujos mientras Valeria sobrevivía sola con sus hijos.
—¿Cómo has vivido todos estos años?
Valeria bajó la mirada.
—Dando clases en una escuela de música en Puebla. Mi hermana me ayudó mucho. No nos sobraba nada, pero salimos adelante.
Alejandro se quedó sin palabras.
Porque él, que podía comprar edificios enteros sin pensarlo, no había estado ahí cuando sus hijos necesitaban un inhalador, una consulta, un abrazo.