PARTE 2: Durante tres días, Diego vivió dentro de su propia rabia.
Miraba a Mariana darle pecho al bebé, cambiarle el pañal, besarle la frente, y sentía que cada gesto era una burla. Ella le preguntaba si estaba bien, si estaba cansado, si le preocupaba el dinero del hospital. Diego siempre respondía lo mismo:
“Estoy bien.”
Pero no estaba bien.
En su cabeza aparecían nombres, fechas, sospechas. Pensó en Roberto, el compañero de trabajo de Mariana que una vez le llevó pan dulce a la oficina. Pensó en el vecino que siempre le sonreía demasiado. Pensó incluso en las salidas de Mariana a la iglesia, cuando decía que iba a rezar por un milagro.
Y eso fue lo que más lo enfermó: no saber.
El domingo fueron a comer a casa de Doña Lupita, en la colonia Portales. Había mole, arroz rojo, tortillas calientes y toda la familia reunida alrededor del bebé. Todos opinaban a quién se parecía.
“Los ojos son de Mariana”, dijo una tía.
“La boquita es de los García”, dijo otra.
Doña Lupita soltó una risa incómoda.
“Pues de Diego no le veo nada, mijo. No te vayas a enojar.”
El silencio cayó como plato roto.
Mariana bajó la mirada, apretando al bebé contra su pecho.
Diego sintió que la sangre le hervía. Quiso gritar ahí mismo, delante de todos, mostrar el resultado del laboratorio y exigir una explicación. Pero se contuvo. No quería hacer un espectáculo. No todavía.
Esa noche, al volver a casa, Mariana dejó al bebé dormido en la cuna y se sentó en la sala a doblar su ropita.
Diego se quedó en la entrada, con el celular en la mano.
“Tenemos que hablar.”
Mariana levantó la vista. Su sonrisa desapareció.
“¿Qué pasó?”
Diego respiró hondo.
“Hace tres años me hice la vasectomía.”
La playerita amarilla que Mariana sostenía cayó al piso.
“¿Qué dijiste?”
“Después de tu tercer pérdida. No podía verte sufrir más. Pensé que era lo mejor para los dos.”
Mariana se puso de pie lentamente, como si el suelo se moviera.
“¿Me quitaste la posibilidad de decidir sobre mi vida… sin decirme?”
“No lo digas así.”
“¿Entonces cómo lo digo, Diego?”
Él apretó los dientes.
“Lo hice para protegerte.”
Mariana soltó una risa rota, de esas que salen cuando ya no queda aire.
“¿Protegerme? Me mentiste tres años.”
Diego levantó el celular.