No. Los delincuentes hacen cosas de delincuentes.
Mariana fue clara.
“No adviertas a nadie. No confrontes a Santiago. Si vas mañana, no vayas sola.”
A la mañana siguiente, llegué a la hacienda sin sombrero.
Vestido verde oscuro. Aretes pequeños. Maquillaje limpio. Cabello corto, brillante, imposible de esconder.
En la entrada había camionetas negras, guaruras, reporteros de sociales, señoras con vestidos de diseñador y hombres hablando de negocios mientras fingían hablar de amor.
Entré al cuarto de la novia sin tocar.
Fernanda estaba frente al espejo con un vestido blanco enorme, bordado a mano, la clase de vestido que parece hecho para que alguien suba de clase social aunque se esté hundiendo por dentro.
Mi mamá se llevó la mano al pecho.
“¿Dónde está tu sombrero?”
“No traje.”
Fernanda me vio y se quedó helada. No porque mi cabello se viera mal. Porque se veía bien.
“No vas a caminar así”, dijo.
“No voy a caminar. Renuncié como dama.”
“¡No puedes hacer eso una hora antes!”
“Te envié un correo anoche. Revísalo entre tus lágrimas falsas.”
Mi papá dio un paso hacia mí.
“Ya basta, malagradecida.”
Lo miré directo.
“Si me toca, la siguiente llamada será a la patrulla.”