Se detuvo.
Por primera vez en su vida, mi papá me tuvo miedo.
Fernanda se acercó, temblando de coraje.
“Siempre haces esto. Siempre encuentras cómo robarme todo.”
“Yo pagué esta boda, Fernanda. Yo salvé tus contratos. Yo cubrí tus flores, el mariachi, el banquete y hasta la propina de los meseros. Y cuando ni eso bastó, dejaste que me cortaran el cabello dormida.”
Sus ojos se humedecieron, pero de rabia.
“Porque tú siempre tienes algo que yo no.”
La miré con una tristeza que me pesó en los huesos.
“No, Fer. Tú siempre has querido algo que nadie podía darte: una vida donde no te compararas conmigo.”
Tocaron la puerta. Un padrino asomó la cabeza.
“Fernanda, Santiago quiere empezar ya. Dice que adelanten la ceremonia.”
Mariana tenía razón.
Algo estaba pasando.
Mi hermana levantó el ramo con manos nerviosas. Al pasar junto a mí, susurró:
“Después de hoy, no existes para esta familia.”
Yo respondí bajito: