PARTE 1
En Guadalajara, Jalisco, la gente dice que las bodas sacan el lado más noble de las familias tapatías. Valentina creció viendo cómo, entre mariachis y tequila, hasta la tía más chismosa lloraba en la iglesia y todos fingían, por un día, que no había rencores.
Pero para la familia Navarro, la boda de Valentina solo destapó el veneno que llevaban décadas tragando. A sus 32 años, ella era Capitán Segundo Piloto Aviador de la Fuerza Aérea Mexicana.
Para su padre, don Arturo, ella era la “escuincla rebelde que jugaba a ser hombrecito”. Un hombre machista de la vieja escuela al que le hervía la sangre al ver a su hija pilotar aviones, dar órdenes y ser completamente independiente.
Para doña Rosa, su madre, Valentina era la hija ingrata. La que no quiso quedarse en la casa planchándole la ropa, escuchando sus chismes de vecindad y aguantando sus eternos dramas emocionales.
Y luego estaba Checo. Su hermano menor, el clásico “nini” vividor de 28 años, que vivía de a gratis con sus papás y al que le aplaudían hasta por levantarse de la cama pasada el mediodía.