Después de que mi esposo falleció, mantuve en secreto mi herencia de 500 millones de dólares solo para ver quién seguiría tratándome con respeto. Veinticuatro horas des… En voir plus
Entonces llegó mi coche.
No una limusina rentada. No un auto prestado. Un Maybach negro se detuvo frente a la alfombra roja y el murmullo cambió de tono. El chofer abrió la puerta y bajé yo.
Tacones de suela roja. Vestido de seda verde esmeralda, hecho a la medida. El cabello recogido. La espalda recta. Y sobre la clavícula, el collar de diamantes de la abuela Altamirano, la pieza que Ofelia presumía como intocable.
Los flashes me siguieron hasta el salón. Adentro, el ruido murió de golpe.
Ofelia fue la primera en reaccionar. Caminó hacia mí con esa sonrisa helada que sólo usan las mujeres acostumbradas a destruir sin despeinarse.
—¿Quién te dejó entrar? —me soltó entre dientes—. ¿De dónde sacaste ese vestido? ¿Y ese collar? Si robaste algo, te juro que hoy mismo te meto a la cárcel.
Ramiro apareció a su lado, rojo de furia.
—Este evento es privado. Si no sales por las buenas, mando a seguridad a sacarte delante de todos.
Tomé una copa de agua mineral de una charola y lo miré con una calma que lo descolocó más que cualquier grito.
—Hazlo, Ramiro —le dije—. Pero antes explícales a tus inversionistas por qué no te presentaste a la junta extraordinaria de hoy a las cuatro de la tarde.
Su expresión cambió.
No fue enojo.
Fue miedo.
Y cuando volteó hacia la puerta y vio quién venía detrás de mí con un sobre sellado y un notario a un lado, supe que el verdadero escándalo apenas iba a comenzar.
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