—Hoy, como accionista mayoritaria, hago oficial la destitución inmediata de Ramiro Altamirano por causa justificada, en lo que se investigan actos de fraude, desvío de recursos y administración desleal.
El escándalo estalló en un segundo. Teléfonos al aire. Reporteros gritando preguntas. Gente alejándose de Ramiro como si contagiara vergüenza.
Ofelia corrió hacia el escenario llorando.
—¡Valeria, por favor! ¡Éramos familia! ¡Yo estaba destrozada por la muerte de Santiago, no sabía lo que hacía!
La miré desde arriba.
—El dolor no hace que una mujer aviente al lodo el álbum de boda de su hijo muerto —le respondí—. La crueldad, sí.
Mariana empezó a gritar insultos. Seguridad la sujetó por los brazos. Ramiro se quedó petrificado, derrotado frente a todos los que antes le aplaudían.
Antes de que los sacaran, di el último golpe.
—Ah, y una cosa más, Ofelia. La casa de Lomas está registrada como activo corporativo. Tienen veinticuatro horas para desalojarla. Si mañana a medianoche siguen ahí, mandaré a sacar sus maletas al jardín.
Ella me miró con los ojos deshechos, recordando exactamente cómo se hacía.
Tres meses después, la empresa se estabilizó. Ramiro enfrentó un proceso penal. Ofelia y Mariana dejaron de aparecer en las revistas. Y yo, desde la oficina que antes me estaba prohibida, toqué mi anillo de bodas y pensé en Santiago.
Hay familias que se destruyen por dinero.
La nuestra se destruyó porque el dinero sólo dejó al descubierto quiénes ya estaban podridos por dentro.