PARTE 1
—Saca tu mugrero de mi casa, porque aquí las viudas pobres no se quedan.
Eso fue lo primero que escuché de boca de mi suegra, apenas veinticuatro horas después de haber enterrado a mi esposo.
La llovizna caía despacio sobre la residencia de los Altamirano en Lomas de Chapultepec, esa lluvia fría de la Ciudad de México que no te empapa de golpe, pero se te mete hasta los huesos. Yo seguía vestida de negro, con los ojos hinchados y el alma hecha trizas. Hacía un día había sostenido la mano helada de Santiago por última vez antes de que cerraran el ataúd. Treinta y dos años. Un aneurisma fulminante. Un hombre bueno convertido en recuerdo en menos de una semana.
Y su familia ya estaba repartiendo el reino.
Ofelia Altamirano, mi suegra, arrastró mi vieja maleta de lona por las escaleras de la entrada principal como si fuera una bolsa de basura. Era la misma maleta con la que llegué tres años antes, cuando todavía trabajaba turnos dobles como enfermera pediátrica y me sentía fuera de lugar entre mármol italiano, choferes y cenas con empresarios. La aventó con tanta fuerza que el cierre se abrió y toda mi ropa salió disparada al jardín mojado.
Mis uniformes. Mis suéteres. Unas fotos. Mi neceser. Todo cayó al lodo.
—Ya tuviste tu boda de revista, ya jugaste a ser señora de sociedad y ya viviste en una casa que jamás te iba a pertenecer —escupió Ofelia, bajando los escalones con una furia que ni siquiera había intentado disimular mientras Santiago vivía—. Pero se te acabó el teatro. Sin mi hijo no eres nada. Así que te largas.
Bajo el toldo, cuidando que ni una gota tocara su vestido, estaba Mariana, la hermana menor de Santiago. Tenía su celular levantado y una sonrisa venenosa.
—Voltea, Vale, que te voy a grabar bien —dijo riéndose—. La gente tiene que ver cómo termina una cazafortunas cuando se le muere el marido. Te juro que esto se va directo a mis historias.
No lloré. Ya no podía. Había dejado todas mis lágrimas en la sala de espera del hospital y frente a la tumba.
Caminé entre el pasto encharcado sin mirarles la cara. Me agaché y recogí del suelo un álbum grueso de piel que había salido de la maleta. Nuestro álbum de bodas. La portada estaba cubierta de barro, justo encima de la sonrisa de Santiago en nuestra primera danza. Saqué un pañuelo y limpié su rostro con una calma que hasta a mí me sorprendió.
Me llamaban parásito porque creían que el dinero era suyo. No sabían que Santiago no sólo me había amado: me había protegido. No sabían que, antes de morir, me dejó quinientos millones de dólares y algo mucho más importante que el dinero.
Me puse de pie con el álbum contra el pecho.
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