Él guardó silencio un segundo, como divertido.
—Me caes bien —dijo—. Vamos a comer primero.
Jimena pensó que le tocaría lidiar con un rico vacío. En cambio, se encontró con alguien demasiado inteligente para ser inofensivo. Cuando la cita terminó, recibió un mensaje de su mamá: Los Cárdenas quedaron encantados. Quieren avanzar rápido. Jimena apretó el celular con fastidio. Solo había querido espantar a sus padres con una salida formal, no meterse en otro problema.
Renata, por supuesto, no tardó en enterarse. Y no pudo soportarlo.
Toda su vida había necesitado ser la mejor en todo: la más querida, la más frágil, la más admirada, la que despertaba protección. Si Jimena conseguía casarse con una familia más poderosa, aunque fuera por estrategia, esa superioridad quedaría manchada.
Cuando Jimena regresó a la casa, encontró el ambiente de funeral. Renata estaba “malísima”. Había cancelado un viaje porque no dormía, porque lloraba, porque se acordaba del secuestro. Otra vez el mundo completo orbitando alrededor de su angustia.
—Cada vez que te ve, revive todo —dijo su mamá, al borde del llanto—. No come, no duerme. Tú estás bien, pero ella no.
Jimena sintió un ligero dolor de cabeza. Nada más.
—La secuestrada fui yo.
—Pero tú eres fuerte —contestó su mamá de inmediato—. Renata nunca ha pasado por algo así. Mejor vete unos días a otro lado.
Jimena miró hacia la planta alta, hacia la puerta cerrada del cuarto donde seguramente su hermana fingía desmayarse entre almohadas caras.
—Entendido.
Subió, hizo una maleta pequeña y bajó con ella en menos de 20 minutos. La misma con la que había llegado del hospital.
Mauro puso unas llaves sobre la mesa.
—Tengo un departamento cerca. Te puedes quedar ahí mientras.
Hasta él parecía sorprendido de estar ofreciendo eso. Jimena ya no tenía ganas de interpretar gestos tardíos como bondad.
—No es necesario. Ya reservé un hotel.
A Mauro se le endureció la cara.
—Vaya. Ya traías todo listo. Parece que estabas desesperada por largarte.
Jimena no respondió. Tomó la maleta y salió.
Aquella noche, Tomasa le mandó varios mensajes. Le contó que la sopa digestiva favorita de su mamá no la sabía hacer nadie porque en realidad siempre la había preparado Jimena. Que Renata intentó ayudar y casi incendia la cocina. Que todas las flores del invernadero, las mismas que Jimena cuidaba desde que volvió a Monterrey, se secaron cuando Renata quiso encargarse. Que el té favorito de su papá solo existía porque Jimena lo traía del rancho de sus abuelos. La señora parecía querer recordarle que sí era necesaria. Pero Jimena ya no encontraba consuelo en ser útil para quienes nunca la quisieron.
Días después, en su consulta de seguimiento, se volvió a topar con Emiliano. Solo entonces descubrió que además de heredero, también era médico y que el hospital pertenecía a su familia.
Revisó su expediente con una seriedad que no combinaba con la ligereza de su primera impresión.
—Tus síntomas son delicados. Si no recibes tratamiento, la apatía puede volverse permanente.
Jimena lo observó.
—No quiero tratarme.
—Como doctor, respeto tu decisión —dijo él—. Como amigo, te pregunto por qué.
—Porque sentir otra vez no me traería nada bueno.
Emiliano cerró la carpeta despacio.
—Está bien. Pero si cambias de idea, vienes conmigo.
Cuando salió del hospital, Mauro la estaba esperando afuera del hotel.
—Regresa a la casa. Mamá y papá te extrañan.
—No voy a regresar.
—¿Vas a seguir viviendo aquí? La gente va a pensar que te tratamos mal.
Jimena lo miró unos segundos.
—¿Y no?
Mauro apretó la mandíbula. Ella se dio media vuelta y cruzó la calle para comprar café. Fue entonces cuando escuchó el grito.
—¡Cuidado!
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