Después de que ME SECUESTRARON, toda MI FAMILIA sintió un GRAN ALIVIO porque los secuestradores… Cuando Jimena volvió viva del infierno, con la piel marcada, los labios reventados y la mirada vacía, descubrió que en su casa nadie había llorado por ella, porque en el fondo todos respiraron tranquilos al saber que los secuestradores se habían equivocado y se la habían llevado a ella en lugar de a su hermana Renata, la hija bonita, la consentida, la que de verdad importaba.… En voir plus

Renata habló enseguida, con esa costumbre odiosa de defender a sus papás como si Jimena fuera siempre la agresora.

—No los presiones, Jime. Han estado súper ocupados.

Jimena la miró sin cambiar de expresión.

—No los estoy presionando.

Se limpió las manos con la servilleta y se levantó.

—Entonces voy a escoger uno vacío. Buen provecho.

Mientras subía la escalera escuchó a su papá murmurar, creyendo que ya no los oía.

—No sé de dónde sacó ese tonito.

Y la voz de su mamá, suave, consentidora:

—Tú no te preocupes, mi reina. Tómate tu caldito.

Renata remató con una frase que le heló el poco calor que le quedaba en el cuerpo.

—Yo creo que quedó traumada.

Su mamá se burló por lo bajo.

—¿Traumada de qué? Si regresó como si nada.

Jimena cerró la puerta del cuarto que encontró libre y se quedó de pie, mirando las paredes desnudas. Ni siquiera tenía fuerzas para llorar.

Mauro llegó más tarde. Alto, bien vestido, guapo de una forma fría, con la seguridad arrogante de quien siempre se sabe preferido. No era hijo biológico de los Saldaña; lo habían adoptado años atrás. Pero desde el principio se volvió otra extensión del amor familiar hacia Renata. Jimena, en cambio, siempre fue para él una intrusa que le robaba atención a la niña que más quería proteger.

Ella había intentado ganárselo muchas veces. Le cocinaba postres, le llevaba detalles, se aprendía sus gustos. Incluso había tallado a mano, en jade, un dije para su cumpleaños. Esa noche él sacó de una bolsa precisamente ese regalo y lo dejó sobre la mesa, frente a todos.

—No quiero tus cosas.

Renata abrió la bolsa antes que nadie.

—Ay, qué bonito. Hasta lo hiciste tú, ¿verdad? Te esforzaste mucho.

Mauro no apartó la mirada de Jimena.

—Nunca voy a aceptar nada tuyo.

En otra época, a Jimena se le habría quebrado la voz. Habría intentado explicarse. Habría sentido vergüenza. Pero ahora no.

—Entonces tíralo.

Mauro frunció el ceño.

—¿Qué?

Jimena tomó el dije, abrió el bote de basura del comedor y lo dejó caer ahí.

—Ya te dije. Si no lo quieres, tíralo. Ya me voy.

El silencio que siguió fue raro, casi ofensivo para ellos. Nadie entendía qué hacer con una muchacha que ya no rogaba, ya no lloraba, ya no se humillaba por migajas de cariño.

Salió a la calle, comió unos tacos en un puesto de la esquina y regresó cuando le dio la gana. Sus papás la estaban esperando en la sala con esa solemnidad que solo usaban cuando algo les convenía.

Su papá aclaró la garganta.

—Queremos hablar contigo.

Jimena supo de inmediato de qué se trataba. Desde que volvió a la ciudad, solo la buscaban cuando había que pensar en algún matrimonio conveniente. En ciertos círculos del dinero viejo regiomontano, casar a una hija seguía siendo una forma de hacer negocios. Pero Renata estaba fuera de discusión. No iban a arriesgar el futuro de la consentida, y menos ahora que entre ella y Mauro había una tensión cada vez menos disimulable. Jimena era perfecta para sacrificar.

Su mamá tomó la palabra.

—El hijo menor de los Cárdenas acaba de volver de Estados Unidos. Tiene tu edad. Tu papá y yo pensamos que te haría bien salir, distraerte, sentirte cuidada por un hombre.

Qué conveniente que el trauma de una hija se solucionara con un esposo rico.

—Está bien —dijo Jimena—. ¿Cuándo?

Sus padres se quedaron perplejos. Evidentemente traían preparado un discurso más largo.

—Mañana, a la 1, en el restaurante corporativo de Grupo Cárdenas —respondió por fin su papá—. Si le caes bien, perfecto. Si no, ni modo. No son cualquier familia.

Jimena asintió y subió a su cuarto. Detrás de ella escuchó de nuevo los cuchicheos.

—Está rarísima —dijo su papá—. Ojalá no se le ocurra hacer una tontería.

—Que Tomasa le eche ojo —contestó su mamá—. No podemos dejar que nos arme un escándalo.

Jimena sonrió apenas. Para ellos, la familia siempre había sido una sola hija con distintos accesorios orbitando a su alrededor.

Al día siguiente conoció a Emiliano Cárdenas. Estaba recargado en su coche, encendiendo un cigarro sin fumarlo realmente, como si interpretara el papel de hombre dañado por puro aburrimiento. Era absurdamente atractivo y lo sabía. Se desabotonó el cuello de la camisa antes de entrar al restaurante, se despeinó con desgana y se sentó frente a Jimena con una media sonrisa.

—¿Tú eres Jimena? —preguntó.

—Y tú Emiliano.

—Me dijeron que has bateado a varios antes de mí.

Él soltó una risa.

—No los bateo. Ni siquiera me tomo la molestia de conocerlos.

Luego la miró con atención.

—Supongo que eso te vuelve especial. ¿Qué opinas de estos arreglos familiares?

Jimena se encogió de hombros.

—Mi vida casi nunca la decido yo.

Emiliano levantó su copa.

—Entonces somos iguales.

Ella apartó la suya.

—Preferiría comer primero.

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