Cuando Jimena volvió viva del infierno, con la piel marcada, los labios reventados y la mirada vacía, descubrió que en su casa nadie había llorado por ella, porque en el fondo todos respiraron tranquilos al saber que los secuestradores se habían equivocado y se la habían llevado a ella en lugar de a su hermana Renata, la hija bonita, la consentida, la que de verdad importaba.
La dieron de alta después de varios días internada, con vendas en la cara, moretones viejos y nuevos, y un diagnóstico que sonaba demasiado elegante para una desgracia tan brutal: síndrome de indiferencia emocional. El médico se lo explicó con cuidado, pero Jimena apenas escuchó la mitad. Ya no sentía casi nada. Ni rabia. Ni tristeza. Ni alivio. Ni miedo. Era como si por dentro le hubieran secado el alma a golpes. Antes de que la subieran a la ambulancia, todavía tuvo un último impulso absurdo: mirar detrás de los policías, buscando a su familia. No había ido nadie. Ni su mamá. Ni su papá. Ni Renata. Ni siquiera Mauro, el hijo adoptivo del matrimonio Saldaña, al que ella llevaba años llamando hermano con una devoción ridícula que a nadie le importaba.
Cuando llegó a la casa donde se suponía que vivía, encontró la reja cerrada, las ventanas vacías y el interior pelón. No había muebles, no había cortinas, no había rastro de vida. El silencio era tan total que parecía burla. Intentó llamar a sus papás y ninguno contestó. Marcó entonces al número de Tomasa, la muchacha que les ayudaba con la limpieza desde hacía años. La señora tardó en responder, y cuando por fin lo hizo, guardó un silencio incómodo antes de darle la nueva dirección.
Jimena tomó un taxi y llegó a una residencia enorme en un fraccionamiento privado al sur de la ciudad. El portón se abrió lentamente. En el comedor, su familia ya estaba sentada, lista para cenar, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Había velas, platos finos y una mesa llena de los guisos favoritos de Renata: camarones al mojo de ajo, crema de elote, salmón, ensalada con nuez caramelizada y un pastelito de guayaba de postre. Jimena cojeaba. Tenía la cara medio cubierta de gasas. Pero nadie se levantó.
—¿Por qué no me avisaron que se mudaban? —preguntó.
Su mamá apenas levantó la vista de la sopa.
—Ay, hija, es que Renata ha estado muy mal desde lo del secuestro. Le daban pesadillas con la casa anterior. Sentimos que tenía una energía horrible. Lo importante es que ya regresaste. Siéntate a cenar.
Jimena se quedó viendo la escena como si observara una telenovela ajena. Antes, esa respuesta le habría partido el pecho. Ahora no le movió nada. Se sentó sin discutir, y eso pareció desconcertarlos más que cualquier grito.
Renata se inclinó hacia ella con una expresión tierna demasiado ensayada.
—De verdad me dio muchísimo miedo salir. Ni siquiera pude ir a verte al hospital. Mamá y papá no me dejaron sola ni un segundo. No me guardas rencor, ¿verdad, Jime?
Antes de que Jimena respondiera, su papá intervino con tono fastidiado.
—No exageres. Son hermanas. Renata también sufrió mucho.
Renata soltó una risita breve, tomó un camarón y lo puso en el plato de Jimena.
—Además, tú siempre has sido la fuerte. Yo te admiro por eso.
Jimena dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Soy alérgica al camarón.
Nadie contestó. Nadie lo recordó. Como tampoco parecían recordar que ella existía más allá de cuando les resultaba útil.
Jimena nació un 7 de julio, 3 minutos antes que Renata. Eran gemelas, pero cualquiera habría jurado que no. Desde que nacieron, su abuela materna contaba que una curandera del pueblo le dijo a sus padres que una de las niñas cargaba una sombra pesada y que si la criaban dentro de la casa, traería desgracias. No se atrevieron a deshacerse de ella, pero sí encontraron una solución cómoda: mandar a Jimena a vivir al rancho de sus abuelos en Zacatecas y criar a Renata en Monterrey como hija única. Durante 16 años, casi nunca fueron a visitarla. A veces llegaban regalos sin cariño, vestidos que no le quedaban, libros viejos, algún mensaje corto en Navidad. Cuando sus abuelos murieron y ya no hubo quién se hiciera cargo de ella, la trajeron de regreso. Jimena volvió con la ilusión tonta de recuperar una familia. Muy pronto entendió que en esa casa no había lugar para ella.
El día del secuestro lo recordaba con una nitidez atroz. Renata insistió en ir a una plaza por un vestido y luego sugirió cortar camino por un callejón. Iban solas. A medio trayecto, Renata dijo que necesitaba entrar al baño de una tienda y le pidió que la esperara afuera. Jimena apenas alcanzó a girar la cabeza cuando una mano le cubrió la boca por detrás. Después vino la oscuridad.
Cuando despertó estaba amarrada, tirada en un cuarto húmedo, con olor a gasolina y moho. Los hombres estaban furiosos porque querían a Renata y se habían llevado a la equivocada. Le tomaron fotos, llamaron a su familia, exigieron dinero. Los Saldaña se negaron a pagar. Ni un solo peso. Durante 3 días la dejaron sin comer y la golpearon con una rabia que ni siquiera era contra ella, sino contra el fracaso de su plan. Uno de ellos le dijo varias veces que era basura sin valor. Otro le arrancó mechones de cabello. El último día, cuando escuchó el estruendo de la puerta y los gritos de los policías, uno ya le estaba jalando la ropa. La sangre le nublaba la vista, pero aun así buscó entre las siluetas un rostro conocido. No apareció ninguno.
Esa noche, en la casa nueva, mientras su familia reía en el comedor, Jimena terminó de entender que seguía secuestrada, solo que ahora el encierro era otro.
—Ya terminé —dijo después de unos minutos, apartando el plato casi intacto—. ¿En qué cuarto me voy a quedar?
Su mamá pareció confundida.
—Es que todavía no se acomodan los otros cuartos.
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