PARTE 2: Por primera vez en mi vida, mi propio hijo me cerró la puerta en la cara.
Me quedé en la banqueta, temblando de rabia y de miedo. Desde adentro escuché a Mariana hablar por teléfono con una voz falsa, casi llorosa.
“Oficial, hay un señor agresivo afuera de mi casa… es mi suegro, creemos que está teniendo un episodio. Quiere llevarse al niño.”
Ahí entendí todo.
Iban a hacerme parecer loco.
Me subí al carro y manejé, pero no me fui. Di vuelta a la manzana, estacioné dos calles abajo y llamé yo mismo al 911.
“Hay un niño gritando en una casa del fraccionamiento Los Álamos. Por favor, manden una patrulla.”
Luego regresé.
Yo conocía esa casa. Ayudé a Carlos a pintarla cuando la compró. Recordé que la ventana del baño de atrás nunca cerraba bien. Me trepé con dificultad a un bote de basura, empujé el marco y entré como pude. Me raspé el brazo, me dolieron las rodillas, pero no me importó.
Caminé en silencio por el pasillo hasta llegar al cuarto de lavado. La puerta tenía seguro, pero era viejo. Saqué una tarjeta de mi cartera y la metí por la rendija hasta que cedió.
Mateo estaba inclinado hacia un lado, casi dormido.
“Mijo”, susurré. “Soy yo.”
Abrió los ojos apenas.
“Abuelito… me dieron una pastilla. Dijeron que así me iba a callar.”
Sentí ganas de gritar, pero me obligué a actuar. Le desaté las manos. La cadena de los tobillos tenía candado. Busqué alrededor y encontré un martillo pequeño junto a unas herramientas.
Entonces escuché pasos.
“Voy a ver si el mocoso ya aprendió”, dijo Mariana desde el pasillo.
Me escondí detrás de la lavadora.
Entró con una cerveza en la mano. Se agachó frente a Mateo.
“¿Ya vas a pedir perdón?”
“Ya pedí perdón… la tele se cayó por accidente…”
“Mentiroso. Corriste a contestarle a tu abuelo y la rompiste.”
Le pegó en la pierna.
Salí de golpe.
“Suéltalo.”
Mariana gritó. Carlos llegó corriendo.
“¿Cómo entraste?”
“Como entra un abuelo cuando su nieto está en peligro.”