PARTE 2: Santiago permaneció detrás del invernadero con el corazón golpeándole las costillas. Valeria seguía junto a aquel hombre, como si el jardín de su casa fuera el lugar más seguro del mundo para planear una traición.
El hombre sacó su celular.
“Si no sale en dos minutos, cancelamos.”
“No”, respondió Valeria. “Tiene que ser hoy. Si desaparece camino al aeropuerto, todo parece limpio. Sin cuerpo, sin escándalo. Solo una viuda destrozada.”
Santiago cerró los puños.
“Mi papá está en el cobertizo”, susurró Abril. “Él sabe una salida por atrás.”
“¿Le contaste?”
Ella bajó la cabeza.
“Me dijo que no me metiera. Pero no podía dejar que se lo llevaran.”
Aquella frase le dolió más que el beso. Una niña había tenido más valor que todos los adultos de esa casa.
Llegaron al cobertizo de herramientas. Tomás, el jardinero, estaba adentro, pálido bajo su sombrero de paja. Al ver a Santiago, cerró la puerta con seguro.
“Perdóneme, patrón.”
“No se disculpe. Dígame todo.”
Tomás respiró hondo.
“Hace dos semanas vi a la señora con ese hombre, Rodrigo Salazar. Pensé que era una infidelidad. Luego escuché lo del seguro. Quise avisarle, pero al día siguiente siguieron a mi hijo saliendo de la secundaria. Dejaron una foto de Abril dentro de mi camioneta.”
Abril se quedó blanca.
“¿Por qué no me dijiste?”
“Porque quise protegerte”, murmuró Tomás.