Yo debía estar en un vuelo rumbo a Monterrey para una reunión de tres días. Ya estaba sentada en la sala del aeropuerto de la Ciudad de México cuando anunciaron que el vuelo había sido cancelado por una falla técnica.
Primero me molesté. Luego sentí algo raro: alivio.
Me llamo Mariana Rivas. Durante cuatro años estuve casada con Ricardo Salazar, un hombre que hablaba de inversiones, crecimiento y futuro, pero que desde hacía meses apenas me miraba a los ojos.
Vivíamos en la misma casa en Las Lomas como dos desconocidos educados. Él dormía tarde, contestaba llamadas en voz baja y decía que estaba cansado. Yo me convencía de que era estrés, trabajo, presión.
Así que pensé: “Voy a volver a casa. Lo sorprendo. Cenamos juntos. Tal vez todavía podamos salvar algo”.
Tomé un taxi.
Me imaginé su cara al verme entrar. Tal vez una sonrisa. Tal vez un abrazo.
Pero cuando abrí la puerta, la encontré a ella.
Era joven, elegante, segura. No se veía asustada. No se veía incómoda. Se veía como si esa casa también fuera suya.
—Ay, qué bueno que llegó —me dijo con una sonrisa—. Ricardo me dijo que tal vez vendría alguien para la última revisión. Soy Valeria.
Sentí que el piso se me movía, pero no grité.
—Sí —respondí—. Vengo a revisar.
Ella se hizo a un lado y me dejó pasar.
Mi sala tenía flores frescas sobre la mesa. Lirios blancos. Ricardo siempre decía que ese olor le daba dolor de cabeza, aunque al parecer solo le molestaban cuando yo los compraba.
Había unos tacones junto al sofá. Una bolsa de maquillaje en el baño de visitas. En la cocina, dos copas de vino sucias.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —pregunté, fingiendo revisar las paredes.
Valeria sonrió como quien habla de una vida perfectamente planeada.
—Oficialmente, unos meses. Ricardo me dijo que su socia por fin iba a irse de la casa. Ya sabes, esas separaciones complicadas por negocios.
Su socia.
Así me había borrado.
No como esposa. No como mujer. Ni siquiera como persona.
Subimos a la recámara principal. Mi recámara.
Sobre mi buró había una foto enmarcada de Ricardo y Valeria en Tulum, abrazados frente al mar. La fecha estaba impresa en una esquina: agosto.
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