PARTE 2: En la pantalla aparecía Sofía.
Tenía ocho años, rizos oscuros, vestido blanco y una sonrisa idéntica a la mía. Pero sus ojos eran de Alejandro: profundos, serios, como si desde niña ya supiera mirar el mundo con cuidado.
Mi papá palideció.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, con la voz rota por primera vez en mi vida.
Alejandro no se sentó.
—De la familia que la adoptó. Y de una prueba de ADN.
Mi mamá se llevó una mano al pecho, pero no por dolor. Era rabia. Rabia de haber perdido el control.
Yo miré la foto y sentí que el comedor desaparecía. Sofía estaba ahí, viva, creciendo, existiendo fuera de la cárcel de silencio que mis padres habían construido alrededor de mí.
La historia de cómo la encontramos parecía un milagro, pero en realidad fue una mezcla de paciencia, ciencia y una culpa que Alejandro jamás pudo soltar.
Meses después de reencontrarnos, él se hizo una prueba genética comercial. Dijo que era curiosidad, que quería saber si su abuelo realmente tenía sangre española como presumía en cada Navidad. Yo no sospeché nada.