—¿Eres titular registral?
—Sí.
—¿Estás en gananciales o separación?
—Separación. Lo firmamos, por recomendación de mi padre, y Montserrat casi se atraganta ese día.
—Bien —dijo Clara—. Entonces es más fácil. Lo que intentan es un poder, una autorización bancaria o una firma de “reconocimiento” para presentarlo como aportación. Vamos a adelantarnos.
Me dictó pasos:
Revocar por escrito cualquier autorización que Adrián pudiera intentar obtener por vías bancarias (accesos, firmas digitales, tarjetas asociadas).
Bloquear en mi banco cualquier operación inmobiliaria sin mi presencia física y doble verificación.
Preparar un burofax preventivo a Adrián y a Montserrat: “cese inmediato de cualquier gestión sobre mi inmueble; cualquier intento será denunciado”.
Y lo más importante: conseguir una copia del documento que vi.
—¿Cómo lo consigo sin que se den cuenta? —pregunté.
—Deja que lo intenten —respondió Clara—. La gente que cree que controla, acelera. Si te presionan para firmar, grabas. Si te dejan el papel “para que lo mires”, lo fotografias. Pero no confrontes todavía.
Esa tarde, Montserrat volvió. Demasiado rápido. Y trajo el sobre.
Como si el mundo obedeciera al guion.
—Cariño —dijo, sentándose en mi mesa como si fuera suya—, Adrián está preocupado. Con el matrimonio, hay que ordenar papeles. Cosas aburridas. Nada serio.
Adrián apareció detrás de ella con una sonrisa tensa.
—Solo es un trámite —dijo—. Para que podamos gestionar cosas si pasa algo.
“Si pasa algo.” La frase favorita de quien quiere entrar a tu vida por una puerta falsa.
Montserrat empujó el sobre hacia mí.
—Firma aquí, aquí y aquí. Y ya está —canturreó—. Así de simple.
Yo miré los folios. Esta vez sí podía leer el encabezado: “Poder general para pleitos y administración” y, más abajo, “facultades para actos de disposición…”. Una de las cláusulas mencionaba expresamente “bienes inmuebles”. Y el nombre del inmueble: mi dirección.
Sentí una calma helada.
—¿Por qué necesito un poder así? —pregunté, suave.
Adrián se apresuró.
—Porque… por si un día estás enferma, o de viaje, o embarazada… —añadió, como quien improvisa futuro— y hay que firmar algo rápido.
Montserrat sonrió.
—Además, así demuestras confianza, ¿no?
Ahí supe que no era solo robo. Era humillación: querían que yo participara en mi propio despojo.
Cogí el bolígrafo… y lo dejé.
—Necesito leer —dije.
La sonrisa de Montserrat se tensó.