PARTE 2: La puerta volvió a abrirse antes de que yo respondiera.
Esta vez entró Alejandro.
Mi esposo.
El doctor Alejandro Cruz, jefe de neurocirugía en uno de los hospitales más importantes de la ciudad, cruzó el salón con la tranquilidad de un hombre acostumbrado a operar cerebros, no egos familiares. Llevaba traje gris oscuro, la corbata ligeramente floja y, en cada brazo, cargaba a un bebé recién nacido envuelto en mantas color crema.
Nicolás y Renata.
Nuestros gemelos de seis semanas.
Mi mamá dio un paso hacia atrás.
La taza finalmente cayó.
El café se derramó sobre el mantel blanco y manchó su vestido carísimo, pero ella ni siquiera se movió.
Alejandro llegó a mi lado, me besó la frente y dijo en voz clara:
“Perdón por llegar tarde, amor. La junta del hospital se alargó. Pero nuestros cinco hijos ya están aquí.”
Cinco.
La palabra cayó sobre el baby shower como un trueno.
Sofía se puso de pie despacio, una mano en la panza y la otra en la boca.
“¿Cinco?”, susurró. “Mariana… ¿son tuyos?”
“Sí”, respondí.