—¿Mande, hija? ¿Mande?
Esperanza la miró con una expresión indescifrable.
—Si el día de hoy, al verme llegar sucia y derrotada, me hubieras ofrecido tan solo un vaso de agua de ese que estás bebiendo… —Hizo una pausa, dejando que las palabras penetraran en la mente de su madre—… tal vez el final de esta historia habría sido muy diferente.
Esperanza subió a la camioneta. La pesada puerta blindada se cerró con un golpe seco que resonó en toda la calle. Los motores volvieron a rugir y el convoy de lujo comenzó a avanzar, dejando atrás la Calle Hidalgo.
Mientras se alejaba de la casa que había pagado durante 23 años con el sudor de su frente, mirando por el cristal polarizado hacia las calles empedradas de Jalisco, Esperanza comprendió algo que ninguna cuenta bancaria en Estados Unidos le habría podido enseñar jamás.
A veces, la verdadera bancarrota no consiste en perder el dinero. Consiste en haber perdido el corazón. Y su familia llevaba en la miseria absoluta desde hacía muchos años.