—No digas nada todavía… —susurró Richard—. Esto puede salvarnos.
Las voces arriba se acercaban.
Risas.
Pasos.
Gente.
Mi corazón latía con una fuerza que dolía más que la caída.
—¿Qué quieres decir? —murmuré, apenas moviendo los labios.
Richard apretó mi mano.
—Ethan… no sabe.
Silencio.
—¿No sabe qué?
Richard respiró hondo.
—Que su padre biológico… sigue vivo.
Sentí que el mundo volvía a inclinarse
—Richard… ¿qué estás diciendo?
—Hace años —susurró—. Antes de que tú y yo nos casáramos… tú ya estabas embarazada.
Mi mente se quedó en blanco.
—Eso… no es cierto…
Pero lo era.
Un recuerdo.
Una noche.
Un error.
Un secreto que enterré tan profundo que dejé de verlo.
—Yo lo supe desde el principio —continuó—. Pero decidí criarlo como mío.
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El dolor en el pecho ya no era solo físico.
—Entonces… ¿por qué ahora?
Richard apretó los dientes.
—Porque el hombre que está detrás de esto… no es solo Laura.
Silencio.
—Es el verdadero padre de Ethan.
El aire desapareció.
—No…
—Sí —dijo—. Él reapareció hace un año. Lo encontré en los registros financieros. Transferencias ocultas. Contactos. Estaba financiando todo.
Mi piel se erizó.
—¿Por qué?
—Porque quiere recuperar lo que cree que es suyo.
Pausa.
—Y eso… incluye todo lo que nosotros construimos.
Arriba, las voces estaban más cerca.
—¡Oigan! —gritó alguien—. ¿Hay alguien abajo?
Richard apretó mi mano con fuerza.
—Escucha bien —dijo—. Esto no termina aquí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Si sobrevivimos… no podemos confiar en Ethan.
Sentí lágrimas mezclarse con la sangre en mi rostro.
—Es nuestro hijo…
—No —susurró—. Es un hombre desesperado… manipulado por alguien que lleva años moviendo las piezas.
Las voces estaban justo encima.
—¡Dios mío! ¡Hay dos personas abajo!
Cuerdas.
Movimiento.
Ayuda.
Pero por primera vez en mi vida…
no sentí alivio.
Sentí miedo.
Porque mientras me levantaban de aquella cornisa…
entendí algo que no tenía vuelta atrás.
La caída no había sido el final.
Había sido…
el comienzo de algo mucho más oscuro.
A.K
La piedra que respiraba
Jacinta no gritó cuando la piedra se movió.
Tenía las dos manos abiertas sobre la barriga —siete meses, viuda desde la primavera— y el cuerpo doblado por el esfuerzo en medio del cerro de Zacatecas. Cuando la roca cedió apenas unos centímetros y una bocanada de aire viejo le golpeó el rostro, ella no gritó. Se quedó quieta.
Escuchó.
No era el viento.