Ramiro me sostuvo del brazo antes de que cayera.
—¿Qué pasa? —preguntó alarmado.
No podía hablar.
Se lo entregué.
Lo leyó.
Su rostro se vació por completo.
—Dios santo…
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué dice? ¿Qué dice ahí?
Lo miré.
Y por primera vez desde que lo conocí, no vi a mi esposo.
Vi a un extraño.
A un hombre que había entrado en nuestra vida con hambre, con ambición… sin saber siquiera quién era realmente.
Ramiro leyó en voz alta la parte esencial.
Alejandro retrocedió como si le hubieran disparado.
—No… no… eso es mentira…
—También están los resultados de laboratorio —dije, señalando la caja.
Había un expediente sellado.
Prueba genética.
Firmas.
Fechas.
Todo.
Alejandro lo abrió desesperado, leyendo una y otra vez hasta que las hojas empezaron a temblarle entre las manos.
—No… no… no…
Camila, que había insistido en seguirnos y ahora estaba parada en la puerta del despacho, soltó un grito ahogado.
—¿Tu esposa era tu hermana?
Nadie respondió.
Yo sentía náuseas.
Rabia.